Desde la Revolución Industrial la mayor parte de los países han disfrutado de una mejora prácticamente ininterrumpida en su calidad de vida. Hoy, sin embargo, las perspectivas de futuro son poco optimistas y muchos aseguran que, por primera vez en mucho tiempo, los jóvenes de hoy vivirán peor que sus padres.

Antes de analizar cuánto hay de verdad en esa predicción, conviene retroceder unos años. Aunque hay diferencias entre los estudios al respecto, la mayor parte considera “millennials” a los nacidos entre 1981 y 1995. Se trata, en líneas generales, de una generación nacida en un contexto de expansión económica, en un mundo que se recuperaba con velocidad de la crisis del petróleo (1973) a la vez que se intensificaba la globalización económica, especialmente a partir de la desaparición de la Unión Soviética (1991). Las perspectivas de futuro, por tanto, eran las de un mundo que se encaminaba a diferentes velocidades hacia una sociedad más próspera, globalizada e interdependiente.

La evolución de la economía, sin embargo, no tardó en teñir de pesimismo estas expectativas. La crisis de 2007 ha sido un factor determinante, aunque no el único, para cambiar por completo el panorama que se abre ante la generación millennial. El deterioro del mundo laboral y los cambios sociales hacen que pensar en un proyecto de vida a largo plazo sea más difícil para ellos hoy que para sus padres a finales de los 80. Sin embargo, también existen razones para el optimismo, y no conviene menospreciar la capacidad esta generación para cambiar su futuro.

Una economía más tecnificada, pero más precaria

Como hemos mencionado, uno de los factores determinantes sobre el futuro de los millenials es la crisis de 2007, que destruyó millones de empleos en todo el mundo y tuvo un impacto especialmente negativo sobre los jóvenes. A esto se suma el fenómeno de la deslocalización industrial, que supuso el cierre de miles de fábricas en el mundo desarrollado. En la mayor parte de los países se han tomado medidas para contrarrestar estos fenómenos y reactivar la creación de empleo, pero en muchos casos a costa de precarizar las relaciones laborales. En Europa, por ejemplo, el porcentaje de jóvenes empleados involuntariamente a tiempo parcial (es decir, los que sólo lo hacen por la imposibilidad de encontrar un trabajo a tiempo completo) se ha disparado, pasando del 21,7% en 2000 al 30,6% en 2016. En algunos países, como Italia, este porcentaje ya supera el 80%.

El aumento del paro juvenil, por tanto, sólo se ha mitigado en parte gracias al aumento del trabajo temporal o a tiempo parcial, pero ha mermado considerablemente las perspectivas de las nuevas generaciones para encontrar un trabajo estable y bien remunerado. Se da así la paradoja de que los recién incorporados al mundo laboral tienen más dificultad que sus padres para desarrollar su carrera, a pesar de haber dedicado más años a su formación.

Los recién incorporados al mundo laboral tienen más dificultad que sus padres para desarrollar su carrera, a pesar de haber dedicado más años a su formación.

Por otra parte, el marco económico actual no sólo es fruto de una crisis coyuntural, sino de cambios estructurales anteriores, como los que desde hace décadas sufre el sector industrial. En este sentido podemos observar un doble efecto: mientras muchas fábricas han sido trasladadas a países menos desarrollados, también muchos puestos de trabajo están desapareciendo a causa de la robotización y de la digitalización, sin que los nuevos empleos creados sean suficientes para reemplazar los que se destruyen. El resultado es la pérdida de oportunidades laborales en muchas regiones anteriormente industriales, y una menor demanda de puestos de baja cualificación que afecta especialmente a los trabajadores con menos experiencia, es decir, a los más jóvenes.

Por último, la mejora de los medios de comunicación y transporte facilita la movilidad geográfica de los puestos de trabajo creados por las empresas. De esta manera, hoy es más frecuente que nunca que una persona dentro de la misma empresa pase por diferentes posiciones en distintos países, lo cual representa una dificultad añadida a la hora de buscar estabilidad a largo plazo.

El reto demográfico

En cualquier caso, también podríamos decir que (incluso si el mundo laboral ofreciera mejores oportunidades) la evolución de la población en el mundo desarrollado supone un desafío con pocos precedentes en la historia económica. Aunque existen algunas excepciones, los países más ricos están sufriendo un intenso envejecimiento demográfico, lo cual plantea serias dudas acerca de la sostenibilidad de los sistemas de protección social actuales. La población japonesa, por ejemplo, perdería unos 40 millones de habitantes en los próximos 50 años, según estimaciones oficiales. En Europa, el porcentaje de personas mayores de 65 años ha pasado del 15,6% en 2000 al 19,2% en la actualidad.

Este envejecimiento paulatino de las poblaciones, en principio, podría parecer una consecuencia lógica del aumento de la esperanza de vida y de la reducción de la natalidad desde las últimas décadas del siglo XX. Sin embargo, este fenómeno podría suponer una grave dificultad para las nuevas generaciones, ya que a las peores condiciones laborales habría que añadir la carga creciente de mantener una población inactiva cada vez más numerosa. El problema posiblemente afectará a todos los países desarrollados, pero podría ser especialmente grave en aquéllos con sistemas de pensiones de reparto, como España, Italia, Grecia o Portugal.

En este contexto, la solución a simple vista podría pasar por fomentar la natalidad: de esta manera no se evitaría el sacrificio de la generación millennial, pero al menos podría revertirse la tendencia en el futuro. Sin embargo, las dificultades de un mercado laboral cada vez más abocado a la temporalidad no parece un escenario especialmente propicio para hacerlo. La economía de hoy se enfrenta, por tanto, al desafío de una tasa de actividad decreciente, es decir, conseguir que grupos cada vez más reducidos de trabajadores puedan crear riqueza suficiente para mantener grupos cada vez más numerosos de pensionistas.

Razones para el optimismo

A pesar de las razones anteriores, también existen motivos para el optimismo. En las últimas décadas, numerosos avances tecnológicos han conseguido generalizar en el mercado productos que anteriormente eran de difícil acceso, lo cual ha permitido mejorar la calidad de vida de las personas. Por otra parte, hoy existe una gran variedad de políticas públicas destinadas a fomentar el empleo juvenil, mientras crecen las ayudas a la natalidad y a la emancipación. Es evidente que estos factores no consiguen cambiar por sí mismos las perspectivas de futuro, pero pueden ser puntos de partida para afrontar los problemas que se presentan.

De esta manera, las expectativas de futuro de los millennials no son especialmente positivas, aunque también existen indicios de esperanza. Es difícil saber cómo evolucionará la economía en el futuro, aún cuando la mayor parte de los autores señalan una sociedad más dinámica y quizás más polarizada. Todo ello partiendo de un contexto de crisis que aún no se ha dejado atrás por completo. Se trata, en definitiva, de buscar soluciones nuevas en un entorno inestable, cambiante y globalizado, manteniendo la prosperidad de las generaciones anteriores y revertiendo la debacle demográfica: ése el desafío de la generación millennial.