En Suiza se propone acabar con el sistema de reserva fraccionaria y prohibir a los bancos la creación de dinero a través del crédito. ¿En qué consiste el dinero soberano?

El próximo 10 de junio los electores suizos están llamados a las urnas para votar en referéndum sobre la propuesta del dinero soberano, una novedosa iniciativa promovida por plataformas civiles y economistas contrarios al sistema bancario actual.

Si bien la mayor parte de las encuestas predicen una claro victoria del “No”, una hipotética victoria electoral podría dar lugar a profundos cambios en el sector financiero de un país que ha hecho de los bancos su sello de identidad. En este artículo analizaremos en detalle la propuesta del dinero soberano, y cómo podría cambiar radicalmente el modo en el que siempre hemos entendido el sistema monetario.

¿En qué consiste la reserva fraccionaria?

El sistema actual de reserva fraccionaria consiste, en líneas generales, en permitir a los bancos guardar como reserva solamente un pequeño porcentaje de los depósitos de sus clientes, conocido como coeficiente de caja o encaje bancario. En consecuencia las entidades pueden crear dinero a través del crédito, ya que acaban prestando más de lo que realmente tienen en reserva. Es así como se pone en marcha un proceso que tiene su origen en los créditos concedidos por el Banco Central a las instituciones financieras, y continúa cuando éstas prestan dinero tanto en el mercado interbancario como a los particulares. Como es natural, con cada nuevo préstamo aumenta la deuda, pero también el volumen de dinero, a una tasa de crecimiento que denominamos comúnmente multiplicador monetario.

Podemos explicar este proceso con un sencillo ejemplo. Si el Banco Central establece un coeficiente de reserva del 10% y presta 10 unidades monetarias a una entidad que acaba de recibir 100 en depósitos de clientes, ésta podrá prestar los 100 en el mercado interbancario ya que tendrá en caja la reserva mínima exigida de 10. A su vez, el banco que se ha endeudado en 100 podrá crear hasta 1.000 en crédito. En este caso el multiplicador monetario sería 10, ya que con cada nuevo préstamo el volumen de dinero total se multiplicará por esa cantidad.

Por este motivo es fácil observar que bajo el sistema de reserva fraccionaria la mayor parte de la creación de dinero corresponde a las entidades de crédito. Esto sin dudas supone una importante ventaja para los bancos centrales, ya que les permite aumentar la masa monetaria haciendo un esfuerzo mínimo en sus balances. Al mismo tiempo se asegura una correlación directa entre oferta y demanda de dinero, al confiar su creación a los agentes más cercanos al mercado, conociendo de primera mano y en profundidad tanto sus condiciones estructurales como sus oscilaciones coyunturales.

Por el contrario, el sistema de reserva fraccionaria también presenta algunos inconvenientes. En primer lugar, pone a los bancos en serias dificultades si por algún motivo una parte importante de los clientes decide retirar sus depósitos a la vez. Como ya ha ocurrido en algunos países (Grecia, Chipre, Argentina) esto puede desembocar en corralitos financieros que afectan directamente los ahorros de la ciudadanía.

Por otra parte, la creación de dinero a través del crédito puede llevar a alteraciones no deseadas de la base monetaria en tiempos de especulación financiera. Esto significa que si las condiciones de financiación son artificialmente favorables la expansión desmedida del crédito no sólo se traducirá en mercados financieros distorsionados sino también en inflación, asumiendo el supuesto de que la masa monetaria está directamente relacionada con el nivel general de precios.

La alternativa suiza: el dinero soberano

Por el contrario el proyecto del dinero soberano supone una ruptura total con respecto a los sistemas bancarios tradicionales que conocemos. En este sentido quizás su principal novedad sea la prohibición de la reserva fraccionaria, obligando a los bancos a guardar el 100% de los depósitos de sus clientes. El resultado sería la imposibilidad de aumentar la base monetaria a través del crédito en el sector privado y el traspaso de esta responsabilidad al banco central (el cual crearía dinero transfiriéndolo directamente a las entidades financieras sin una contrapartida de deuda, como ocurre actualmente).

En cuanto a la actividad crediticia privada, ésta sufriría un severo ajuste dado que ya no podría financiarse con los depósitos de clientes sino exclusivamente con instrumentos financieros como emisiones de acciones, de deuda corporativa, etc. De esta manera la capacidad financiera de las entidades dependería directamente de la confianza que generen en los mercados, ya que el volumen de deuda que puedan asumir determinaría la cantidad de crédito que podrían conceder.

Adicionalmente, la propuesta del dinero soberano obliga a las entidades a mantener el 100% de los activos líquidos como reserva y a depositarlos en el banco central. Es así como esta institución no solamente actuaría como monopolista en la emisión de dinero sino también como garante de todas las cuentas corrientes y depósitos en moneda nacional.

De la misma manera, es importante mencionar la repercusión que el dinero soberano tendría sobre los agregados monetarios: teniendo en cuenta que la creación de deuda quedaría completamente desligada de la de dinero, el agregado M3 pasaría simplemente a ser un indicador del stock de capitales a corto plazo, mientras que los coeficientes de caja del 100% igualarían los agregados M1 y M2. En consecuencia existiría una única base monetaria, completamente asegurada y a la vez controlada por el banco central.

¿Dinero más seguro?

Los defensores de la iniciativa del dinero soberano suelen argumentar que su propuesta podría mejorar sustancialmente la seguridad financiera de los ciudadanos, cuyos ahorros estarían completamente garantizados por el banco central. Por este motivo, una quiebra bancaria solamente afectaría a los tenedores de títulos de renta variable o fija emitidos por la entidad, pero nunca a los que posean cuentas corrientes o depósitos.

Por otra parte, el fin de la reserva fraccionaria supondría un freno de primer orden a la expansión del crédito, lo cual podría evitar la formación de burbujas financieras ya que limitaría el capital disponible de los banqueros y los incentivaría a ser más prudentes en sus inversiones. Al mismo tiempo, esta restricción también podría repercutir en una mejor solvencia de las entidades.

Por último, la consideración del dinero como pasivo del banco central dejaría de tener sentido ya que su emisión no conllevaría la aparición de una obligación financiera equivalente. Dicho de otra manera, la posibilidad exclusiva del banco central de crear una cantidad ilimitada de dinero no tendría que traducirse en un aumento proporcional de la deuda, como ocurre actualmente en los sistemas de reserva fraccionaria. Según los defensores del dinero soberano, esto permitiría llevar a cabo políticas de expansión monetaria más efectivas, ya que podrían impulsar la economía sin afectar la solvencia de los mercados financieros.

Una propuesta que genera muchas dudas

La política monetaria podría acabar siendo un apéndice más de la política fiscal, y la salvaguarda del poder adquisitivo de los ciudadanos se vería atropellada por los caprichos de la clase política

Lamentablemente, también existen múltiples objeciones a la propuesta del dinero soberano que próximamente será votada en Suiza. En primer lugar, los detractores de este sistema argumentan que la entrega del monopolio de la creación de dinero al banco central implicaría centralizar en una autoridad las funciones que los propios agentes del mercado podrían realizar de forma más eficiente. Al fin y al cabo, son los bancos quienes conocen de primera mano las necesidades de financiación de la economía, pero sus posibilidades de suministrarle el capital financiero necesario dependerían de la voluntad de un organismo que ni siquiera operaría en los mercados. De esta manera se correría el riesgo de sufrir profundos desequilibrios entre la oferta y la demanda de dinero, ya que mientras que la primera estaría determinada de manera arbitraria, la segunda seguiría respondiendo a los patrones tradicionales (es decir, reflejaría los movimientos de los mercados de bienes). A su vez, estos desajustes podrían provocar serias distorsiones en el resto de la economía, a través de periodos de exceso o de falta de financiación.

Por otra parte, la posibilidad de emitir dinero sin crear una contrapartida de deuda podría fácilmente traducirse en otra modalidad de gasto público, ya que permitiría que el banco central aumentase unilateralmente los saldos monetarios de un individuo o entidad financiera que quisiese favorecer. Naturalmente no se trataría de un gasto financiado con impuestos cobrados directamente a los contribuyentes, pero no por ello dejaría de imponer un sacrificio para el conjunto de los ciudadanos: la inflación. De esta manera la política monetaria, que en principio debería estar desligada de la influencia de los gobiernos, podría acabar siendo un apéndice más de la política fiscal, y la salvaguarda del poder adquisitivo de los ciudadanos (su objetivo primordial) se vería atropellada por los caprichos de la clase política del momento.

En cuanto al aumento de la solvencia de las entidades, este punto también suscita muchas dudas: no es claro que los bancos se harían más prudentes en sus inversiones, ya que la relativa escasez de capital podría incentivarlos a lo contrario, es decir, a financiar proyectos más arriesgados para compensar con mayores márgenes de rentabilidad lo que dejarían de ganar por la reducción del volumen de negocio. Al mismo tiempo, la creación de dinero sin deuda permitiría que el banco central rescatara a las entidades con problemas sin endeudarlas, eliminando los últimos incentivos que éstas podrían tener para reducir sus niveles de riesgo.

Por último, la fuerte restricción a la expansión del crédito podría endurecer notablemente las condiciones de financiación (con tasas de interés más altas o mayores requisitos de solvencia), lo cual supondría un lastre para el crecimiento económico. Al mismo tiempo, es posible que los bancos intenten compensar la falta de ingresos por intereses de préstamos con un fuerte aumento de las comisiones, generando aún más ineficiencias en el sistema.

Quizás todas estas objeciones nos ayuden a entender el rechazo que, según las encuestas, sufrirá el dinero soberano por parte de los votantes suizos en el referéndum del 10 de junio. En cualquier caso, ni siquiera una hipotética (y poco probable) victoria en las urnas podría asegurar que la iniciativa se lleve a cabo, ya que se trata de una consulta no vinculante y tendría que pasar por el filtro del Parlamento, el cual podría moderar la propuesta o simplemente rechazarla (recordemos que la mayor parte de los partidos políticos se han pronunciado en contra de ella). Sin embargo, el dinero soberano tal vez sí pueda servir para advertirnos sobre las debilidades del sistema de reserva fraccionaria. De esta manera, la iniciativa suiza podrá fracasar en las urnas pero quizás acabe convirtiéndose en una de las tantas ideas que han existido en la teoría económica, y que actualmente se recuerdan no por haber tenido éxito en su época sino por haber preparado el camino para otros avances en el futuro. En cualquier caso hoy es difícil saberlo: sólo el tiempo (y los votantes suizos) lo dirán.