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En la actualidad, uno de los términos que más se repiten en el ámbito laboral es el de “proactividad”. Todas las empresas, a la hora de seleccionar personal para sus plantillas, parecen buscar el mismo atributo: un candidato, entre otras aptitudes, que pueda considerarse proactivo. ¿Pero sabemos realmente qué se quiere decir con esta palabra, a qué se hace referencia?

Desde una perspectiva general, la proactividad surge cuando un individuo, expuesto de un modo más coloquial, toma “los mandos sobre su vida”, es decir, dirige a conciencia el rumbo de su trayectoria vital. De hecho, lograr semejante objetivo pasa por priorizar los valores sobre los impulsos y las circunstancias externas. En otras palabras, una persona proactiva aplica sus propios criterios sin dejarse arrastrar por motivos de carácter transitorio.

Un sustantivo que bien puede igualar su significado con el de proactividad es el de responsabilidad: un individuo es el resultado de sus decisiones pasadas y presentes; del mismo modo, es el único artífice de su propio futuro. Y sólo asumiendo estos conceptos, podrá encauzar su devenir cotidiano, tomando la iniciativa y generando soluciones en lugar de obstáculos.

Aplicación efectiva de la proactividad

Es importante recordar la importancia del lenguaje a la hora de hacer efectiva la proactividad. La forma de expresión debe ser positiva y poner todo su énfasis en las capacidades y virtudes del individuo: cuanto más creamos en nosotros mismos, más posiblidades de éxito alcanzaremos. Como consecuencia, se debe prestar mayor atención a lo que el individuo es, en términos de carácter, para poder modificar lo posible con vistas a una mejor poyección de vida.

En este sentido, si realmente desea poner en práctica dichas modificaciones en su trayectoria, el individuo proactivo tiene que realizar una especial distinción entre lo que verdaderamente es susceptible de ser cambiado y lo que no: más en concreto, donde pueda ejercer una cierta influencia, un mínimo control para conseguir resultados firmes. Así, por ejemplo, poco se puede hacer ante una decisión política conjunta que a los ojos de la persona proactiva parece poco acertada; deberá asumirla y seguir avanzando.

De cualquier modo, un individuo proactivo aborda los posibles problemas a los que tenga que enfrentarse desde tres perspectivas distintas. O bien directamente, en la que se incluyen los criterios y actitudes más personales; indirectamente, donde entra en juego la interrelación con el medio y los demás; y, finalmente, una tercera vía en la que el individuo se ve ante una tesitura en la que no es capaz de ejercer ningún control: será entonces cuando deba aceptar el desafío, reconocer su limitación y continuar su camino. Sólo así se podrán transformar los problemas en éxitos, dejando de lado los posibles fracasos tanto en el ámbito intrapersonal como en el interpersonal.

En definitiva, el individuo proactivo sabe que todas sus decisiones tienen consecuencias; pero, como todo el mundo, también tiene derecho a equivocarse. Sin embargo, hay una notable diferencia entre la persona proactiva y la que no lo es: la primera asume su error, lo corrige si puede y aprende la lección para no volver a cometerlo. Es más, aplica su proactividad para no tropezar dos veces con la misma piedra. Por el contrario, el individuo no proactivo entrará en un laberinto de repeticiones del que será muy difícil salir.