El presidente Donald Trump anuncia la retirada de Estados Unidos del acuerdo sobre el cambio climático, sembrando incertidumbre sobre el futuro del medio ambiente. Analizamos las posibles consecuencias de esta decisión.

Cumpliendo con su programa electoral, el pasado 2 de junio Trump ha formalizado la retirada de Estados Unidos del Acuerdo de París, firmado en 2015 por 193 países en todo el mundo. A pesar de que el presidente norteamericano ya había hecho promesas en este sentido a lo largo de su campaña electoral, la decisión no ha dejado de sorprender a muchos economistas, ya que los Estados Unidos habían sido uno de los principales impulsores de la iniciativa bajo la administración Obama.

Es importante recordar que el Acuerdo de París es un tratado internacional que busca reducir paulatinamente las emisiones de CO2 con el objetivo de contener el proceso de calentamiento global, partiendo del supuesto de que una mayor contaminación va ligada a un aumento de la temperatura media en el planeta. Sin embargo, el acuerdo no contempla ningún mecanismo para obligar al cumplimiento de los objetivos de reducción de emisiones (confiando esta función a la buena voluntad de los países), lo que ha generado un fuerte descontento en la opinión pública norteamericana y es quizás el factor más importante para entender la retirada de EE. UU.

Por el momento el presidente Trump ha justificado su decisión argumentando que su responsabilidad es defender en primer lugar los intereses de su propio país, y que el Acuerdo de París podría ser perjudicial en este sentido ya que limitaría la capacidad de EE. UU. para desarrollar su propia política medioambiental y provocaría la destrucción de 6,5 millones de puestos de trabajo hasta 2040. Aparentemente esto podría plantear una contradicción, ya que como hemos mencionado el tratado no tiene previsto obligar a los firmantes a cumplir con sus compromisos. Sin embargo, la decisión que puede parecer controvertida desde el punto de vista medioambiental se vuelve más fácil de entender si la analizamos en un programa económico más global basado en la premisa de America First, y que se traduce (entre otras cosas) en una renovada guerra comercial con China.

De esta manera, la preocupación de EE. UU. podría no centrarse tanto en sus esfuerzos para limitar sus propias emisiones sino en la falta de mecanismos para obligar a China a reducir las suyas: de hecho, en su discurso Trump ha recordado que los compromisos de París obligarían a reducir la producción de carbón norteamericano para compensar el aumento de la producción china. Como podemos observar en la gráfica, el país asiático ya contamina casi el doble que Estados Unidos a pesar de tener un PIB inferior, lo cual le da una ventaja competitiva en términos de costes de producción ya que no realiza los mismos esfuerzos asociados a las políticas de conservación medioambiental. Si a esto añadimos la creciente rivalidad comercial entre ambos países, es lógico entender la disconformidad de Washington y su percepción de estar compitiendo con un oponente que no respeta las mismas reglas.

Los compromisos de París obligarían a reducir la producción de carbón norteamericano para compensar el aumento de la producción china

La retirada del Acuerdo de París, por lo tanto, podría ser entendida como una acción en el marco más amplio de una política económica que busca priorizar el empleo nacional, aunque esto suponga un obstáculo al libre comercio internacional: ya hemos visto ejemplos similares con la negativa a firmar el TTIP con la UE y el TTP en el área del Pacífico. Además, en el caso del Acuerdo de París podemos ver también una decisión perfectamente en línea con la política energética de Trump, basada en potenciar nuevamente los combustibles fósiles y la energía nuclear en detrimento de las nuevas fuentes renovables. Teniendo en cuenta el alcance de estas políticas, es lógico esperar importantes consecuencias no sólo para EE. UU., sino para el conjunto de la economía mundial.

Consecuencias de la retirada del Acuerdo de París

El primer efecto de la retirada del Tratado de París podría ser una reducción de los esfuerzos en políticas medioambientales, lo cual podría traducirse en una menor presión fiscal (en el caso de los “impuestos verdes”) y en una regulación más permisiva. A su vez, estos factores podrían estimular la inversión y la creación de empleo, o al menos reducir los incentivos de los empresarios para deslocalizar sus fábricas hacia países más laxos en esta materia.

Por otra parte, el aumento de la producción de combustibles fósiles y de la electricidad generada en centrales nucleares, así como la decisión de vender una parte de las reservas estratégicas de petróleo, podrían contribuir a reducir sensiblemente los precios de la energía en el mercado doméstico. Estos cambios podrían mejorar el poder adquisitivo de las familias, pero los mayores beneficiarios serían sin duda los industriales norteamericanos, al ser EE. UU. una de las economías más intensas en consumo energético a nivel mundial.

La combinación de los tres factores anteriores (es decir, la reducción de cargas fiscales, la desregulación medioambiental y la caída de los precios de la energía) tendría a su vez un impacto decisivo sobre la economía norteamericana: la reducción de los costes de producción. En un entorno de rivalidad comercial creciente, donde la subida del dólar y el mantenimiento de las barreras arancelarias encarecen las exportaciones de EE. UU., éste es un factor esencial para recuperar su competitividad y hacer posible el crecimiento del empleo y la inversión en el país. Dicho de otra manera, la búsqueda de una mayor ventaja comparativa es uno de los principales recursos de Trump para cumplir con su programa electoral, aunque ello suponga controversias en otras áreas como las relaciones internacionales.

Por último, existen también numerosas opiniones que señalan las consecuencias que esta decisión podría suponer para el medio ambiente. Considerando que EE. UU. es responsable del 16% de las emisiones mundiales de CO2, advierten el posible fracaso de la iniciativa para contener el aumento de las temperaturas y un agotamiento más rápido de las reservas de recursos energéticos no renovables, lo cual a su vez podría suponer costes mayores a largo plazo para la economía mundial.

En cualquier caso, hoy es difícil prever las consecuencias de una decisión de semejante magnitud. Si bien es cierto que la retirada del Acuerdo de París no será efectiva hasta 2020 y que el presidente Trump ha expresado su intención de buscar otro acuerdo medioambiental con distintas condiciones, es innegable que la pérdida de uno de los principales impulsores del tratado supone un serio revés a los esfuerzos de muchos estados, especialmente si otros países siguen el ejemplo de EE. UU. Por este motivo el cumplimiento de los compromisos asumidos en París, si antes podían no estar garantizados por depender casi exclusivamente de la buena voluntad de los firmantes, hoy parecen más inciertos que nunca.