Se trata del periodo de doce meses de duración con el cual una empresa organiza y planifica su calendario fiscal. De este modo es posible llevar a cabo sus respectivas obligaciones tributarias con normalidad y planificar el siguiente ejercicio fiscal.

Las empresas establecen el inicio y el final de su año fiscal libremente, de modo que este no tiene necesariamente que coincidir con el año natural. Así es posible adaptar los correspondientes pagos de impuestos a la actividad económica de la empresa. Es decir, atendiendo a su naturaleza y a posibles cambios estacionales o de temporada.

No obstante, lo más común es que el año fiscal se inicie el día 1 de enero y finalice el día 31 de enero. Es en países anglosajones donde es más habitual que el calendario del año fiscal se ajuste a la temporada escolar, por ejemplo.

A lo largo de los 365 días que engloba un año fiscal, las compañías desarrollan su actividad comercial de acuerdo a la ley tributaria de su territorio para, gradualmente, pagar los correspondientes impuestos.

Compromisos a lo largo del año fiscal

Durante la extensión del año fiscal, empresas e instituciones deben hacer frente a una serie de obligaciones tributarias atendiendo a su naturaleza. En ese sentido, el pago de impuestos como el IVA, el IRPF o el Impuesto de Sociedades es habitual ejercicio tras ejercicio.

La periodicidad con la que estos impuestos son asumidos varía en cada uno de ellos, ya que puede ser anual como el Impuesto de Sociedades, o trimestral como el pago del IVA.

Finalización del año fiscal

Con el fin del año fiscal, las empresas tienen la obligación de realizar algunos trámites necesarios para su control y seguimiento a nivel legal. De este modo, con la finalización del año desde el punto de vista fiscal llega la hora de cerrar los libros contables, así como balance de situación o el correspondiente pago de impuestos de cierre de ejercicio.