En el ámbito bursátil es frecuente oír hablar de chicharro, un concepto que tradicionalmente se corresponde con valores de alto riesgo asociados a pequeñas compañías (a menudo insertas en un contexto financiero delicado: recesión, suspensión de pagos, etcétera).

Toman su nombre del jurel o chicharro, un pescado barato considerado de baja calidad, ya que estas empresas, pese a cotizar en bolsa, son poco conocidas, poseen un escaso recorrido histórico y unos índices de contratación bastante bajos. Elementos todos que dan cuenta su inestabilidad, augurando fuertes subidas y bajadas en el precio.

Los chicharros son, por tanto, el claro opuesto de los blue chips, es decir, títulos estrechos con poca liquidez y difícil compraventa. Es en este sentido por el que una gran mayoría de asesores no suele recomendar su adquisición pues, si bien en un momento dado pueden reportar grandes beneficios, una vez cortada la tendencia alcista pueden suponer una auténtica ruina cayendo en picado e, incluso, dejando de cotizar. Deshacernos de ellos entonces resultará más que complicado.

Muchos inversores, sin embargo, consideran que los chicharros son valores muy atractivos ya que comprándolos (a un precio notablemente bajo) y vendiéndolos en el momento adecuado permiten obtener grandes ganancias.

Y, ¿cómo es posible? En realidad estas revalorizaciones obedecen a múltiples factores que van desde un simple rumor en los mercados, a una reestructuración de la deuda o a medidas de desarrollo interno dentro de la empresa “chicharro”: una nueva dirección, reactivación económica, salida de suspensión de pagos, etcétera.