El consumo intermedio es un concepto económico equivalente al valor de aquellos bienes y servicios cuyo fin es su empleo en la producción de productos de nueva creación. Es decir, el valor que se otorga a la utilización de los denominados inputs de un proceso productivo.

A la hora de definir qué bienes o servicios son considerados como inputs de producción es necesario dejar claro que los activos fijos son excluidos de esta clasificación. Estaríamos hablando en este caso de activos como maquinaria o instalaciones como fábricas o cadenas de montaje.

A grandes rasgos, el consumo intermedio se centra en la valoración de bienes no duraderos y aquellos servicios consumidos en la producción de nuevos bienes y servicios. Dentro de dicha definición anterior cabe incluir diferentes aspectos a tener en cuenta, como los costes de mantenimiento de los citados bienes de capital o los de diseño y desarrollo de productos.

Es común y frecuente que la fabricación de nuevos productos suponga la utilización de otros que previamente han sido también producidos. Si ponemos como ejemplo sencillo el proceso de producción de una guitarra, veremos que su fabricación es necesariamente precedida de la producción de elementos como cuerdas o el cuerpo de madera. Por lo tanto, la guitarra se produce con madera (que es consumo intermedio de una fábrica de maderas) y con cola (previamente consumo intermedio de una fábrica de productos adhesivos químicos).

En ese sentido, existen diferentes formas mediante las cuales el consumo intermedio puede ser incluido en un proceso de producción cualquiera. En otras palabras, dependiendo del grado de manipulación con el que se emplee este input, ya que pueden ser incluidos directamente (por ejemplo los tornillos en un proceso de montaje), moldeables o procesados (en el ejemplo de la guitarra sería la madera a la cual se le da forma de instrumento) o consumidos de manera completa (en el caso de los recursos energéticos empleados en el proceso, como la electricidad necesaria).