El término despotismo ilustrado hace referencia a un modelo político en el cual, durante la segunda mitad del siglo XVIII, convergieron los principios del Antiguo Régimen, basado en la monarquía absoluta, con algunas ideas provenientes de la Ilustración, como la fe en la razón como motor de las sociedades. Este modelo se expandió por Europa, con principal incidencia en Rusia, Austria, Prusia, España o Francia. 

Características del despotismo ilustrado 

El despotismo ilustrado recogía la esencia del Antiguo Régimen: la monarquía absoluta. Bajo este sistema político, el monarca ostentaba la soberanía absoluta del Estado. De tal forma, no existían constituciones, los derechos eran gracias otorgadas por los soberanos, los cuales no encontraban límites al ejercicio del poder, que era absoluto e indivisible.

No obstante, el despotismo ilustrado apreció el interés de llevar a cabo reformas en la línea  marcada por los filósofos ilustrados. Se aceptó la idea que la razón humana era un elemento clave para el desarrollo social, cultural y económico. Además, se afirmaba que la racionalidad era la base de las decisiones tomadas por los seres humanos. Ello dio  lugar a que se instalara entre los monarcas un cierto afán por los ideales de progreso, reforma y filantropía que rompía, aunque no totalmente, con los principios de la tradición medieval, como que el poder del monarca tuviese origen absoluto. Frente a ello, se instauró la idea, basada en las concepciones de Hobbes, de que entre el soberano y el pueblo existía un contrato social que debía cumplirse por todas las partes.

Consecuentemente, el despotismo ilustrado no significó ningún tipo de revolución ni alteración del orden sociopolítico. Debe entenderse, más bien, como la puesta en marcha de una serie de reformas que, de forma tranquila, y desde arriba, al asumirse parte de los postulados de la Ilustración, con el objetivo de lograr un cierto desarrollo social, económico y cultural. De hecho, la expresión que mejor define el despotismo ilustrado es: “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”.

Economía y despotismo ilustrado

Durante la segunda mitad del siglo XVIII, algunos países de Europa vivían una difícil situación económica. La recesión económica acentuaba los conflictos sociales, lo cual suponía un caldo de cultivo para que se produjesen insurrecciones y revueltas violentas. Ante un panorama conflictivo, algunos monarcas europeos decidieron implementar reformas dirigidas a mejorar el nivel de vida del pueblo, también denominado Tercer Estado.

Entre los monarcas ilustrados se había implantado la idea de modernizar sus estados, también desde el punto de vista económico y de las finanzas. De tal forma, se pusieron en marcha medidas para desarrollar la agricultura, el comercio y la industria.

Fisiocracia y laissez faire

Entre las principales ideas que comenzaron a fraguar destaca la de la libertad de comercio, con una fuerte tendencia al librecambismo. Esta se plasmó en la corriente conocida como fisiocracia, la cual se oponía a las tesis del mercantilismo, que preveía un importante papel del estado en la economía.

La doctrina de la fisiocracia podría resumirse con la expresión laissez faire. Esta palabra, fisiocracia, proviene del griego, y su significado es “gobierno de la naturaleza”. En consecuencia, los fisiócratas señalaban que las leyes humanas, y, por tanto, las económicas, debían estar en armonía con las leyes de la naturaleza. De ello, se derivaba que la agricultura es la base de una economía fuerte y que  en el sector primario la naturaleza permitía que el producto obtenido superaría a los insumos invertidos, lo cual acabaría por generar un excedente económico. Para los fisiócratas, otras actividades, como las manufacturas o el comercio, quedaban en un segundo plano.

En relación con la libertad que debía regir el funcionamiento económico, los fisiócratas recelaban de cualquier tipo de intervención, tanto de intermediarios en los procesos de producción y distribución, como del estado, especialmente, de los controles gubernamentales: monopolios o impuestos, entre otros. Para los fisiócratas, resultaba un elemento indispensable desarrollar estrategias de carácter macroeconómico, de tal forma que generase un orden coherente, no solamente en el ámbito económico, sino también en el social y político. Para los defensores de esta teoría, el desarrollo económico y el desarrollo social eran elementos absolutamente indisolubles.

La fisiocracia y el despotismo ilustrado, bebían de una visión optimista del ser humano y de una fe firme en la razón humana y en un progreso imparable e incontestable, que nunca revertiría su marcha hacia una sociedad cada vez mejor.