Los fondos cotizados o ETF (siglas correspondientes al término en inglés Exchange Trade Founds) son un vehículo de inversión cuya política busca replicar el comportamiento de los activos que componen un índice bursátil, sea de renta fija, variable, divisas, materias primas, etc.

Podemos definiros como un activo financiero híbrido, ya que mantienen similitudes con los fondos de inversión tradicionales en sí mismos, pero también con las acciones. Tiene la capacidad de diversificación de los fondos y la liquidez de las acciones. Es decir, se trata de instituciones de inversión colectiva (IIC) cuyas participaciones cotizan en la bolsa de valores, liquidándose y negociándose a tiempo real.

Esta es la diferencia fundamental respecto a los fondos clásicos en cuyo caso el valor liquidativo no se establece hasta el cierre de sesión (momento en el que es posible operar con ellos), mientras que en los ETF el valor liquidativo teórico varía continuamente según lo haga la referencia, de forma que el inversor puede comprar y vender en cualquier momento.

En el caso de las acciones, la divergencia estriba en que los fondos cotizados –a través de una única transacción- invierten en una cartera muy diversificada (tanto como el índice que toman de referencia).

Tipología

Los ETF más populares son aquellos que se referencian a las bolsas más importantes del mundo, es decir, los que replican un índice de renta variable como el Ibex 35, el DAX 30, Dow Jones Industrial Average, Standard & Poor’s 500, etc.

No obstante, existen una gran variedad de fondos cotizados que permiten operar con materias más específicas como índices de renta fija, nacionales, monetarios, regionales, según capitalización, etc.

Una mención especial merecen los llamados ETFs inversos que operan de manera opuesta al índice que referencian, es decir, permiten ganar dinero cuando los índices bajan.

¿A quiénes van dirigidos?

En su origen, los ETF eran negociados por inversores profesionales. Fue el caso del SPDR, referenciado sobre el S&P 500, primer fondo cotizado de la historia surgido en EEUU en 1993.

En cualquier caso, su evolución ha hecho que en los ETF participen  todo tipo de inversores, tanto institucionales como minoristas, si bien con un perfil arriesgado. Esto es: con capacidad para asumir los riesgos que puedan derivarse de las fluctuaciones de las cotizaciones en mercados secundarios (siempre menor al de la adquisición individual de acciones u otros productos financieros por tratarse de una cartera diversificada).

Ventajas

Como hemos indicado, los ETF gozan de una gran sencillez operativa, pues basta con adquirir una sola participación para hacerse con toda una cesta de valores diversificada que replica la evolución de un mercado, obteniendo una rentabilidad equivalente al mismo sin los costes, el tiempo y el esfuerzo que supondría la continua compra y venta de las acciones correspondientes (por lo que podríamos añadir que también minimizan el riesgo, al menos desde el punto de vista de una gestión pasiva).

Como también apuntábamos, existe una mayor liquidez en comparación con los fondos de inversión tradicionales, ya que es posible invertir y desinvertir en un ETF en cualquier momento del horario de negociación bursátil con total inmediatez. Asimismo, durante este periodo de negociación el mercado calcula y difunde un valor estimado, garantizando la máxima transparencia al partícipe (que puede saber cómo evoluciona su inversión).

Por lo general, son más accesibles que los fondos de inversión tradicionales, pues tienen un menor coste al no aplicárseles las comisiones de suscripción y reembolso y, además, los partícipes de fondos cotizados de renta variable tienen la posibilidad de obtener dividendos.

Finalmente, apuntar una importante ventaja fiscal de los ETF, y es que a sus inversores se les aplica el régimen de las acciones, no el de los fondos, por lo que las ganancias patrimoniales no están sujetas a retención.

Desventajas

Si bien señalábamos que las comisiones de gestión del ETF son menores, también es cierto que tras cada operación existe una comisión de compraventa (la cual varía en función del banco).

Por otro lado, las participaciones del ETF, a diferencia de los fondos tradicionales, no pueden ser objeto de traspaso. Para hacer un cambio debemos vender el fondo cotizado, pagar la plusvalía, y abrir uno nuevo, pagando asimismo la comisión de compraventa.