El contrato de fiducia es un pacto de buena fe entre dos partes por la cual una de ellas se obliga a transmitir a la otra la propiedad de un bien o activo.

En el ámbito del derecho romano, fiducia significaba confianza, y ha sido incorporado al derecho mercantil actual como un contrato de palabra u honor, a través del depósito de confianza de una parte sobre otra. La parte que transmite la propiedad se denomina fideicomiso mientras que la parte receptora se denomina fiduciaria con el objetivo de saldar o cumplir una determinada finalidad del fideicomiso o terceras personas.

Generalmente, la fiducia se emplea para garantizar un crédito, de forma que mientras exista una obligación o deuda, el acreedor tiene la propiedad fiduciaria de una cosa, siendo exigible la restitución de la misma una vez que sea extinguida la obligación. Por eso la fiducia es una relación basada en la confianza entre las partes, flexible y acordada según acuerdo. Esta relación más informal y basada en la fe es más común en el mundo anglosajón, donde se pueden encontrar productos trust o de fiducia.

Fiducia en la actualidad

A pesar de que existen productos financieros y económicos basados en contratos de fiducia donde la confianza y  la buena fe son esencial, un ejemplo claro del sistema monetario fiduciario es el dinero en metálico actual, donde entre un banco central emisor y la población en general (consumidores, empresas,…) llegan a un acuerdo tácito por el que se le da un valor a los billetes y monedas que se emplean, ya que realmente ningún billete de 20, 50 y 100 euros o monedas de 2 euros tiene el valor de sus materiales, sino el valor que marcan, y que se acepta como válido comúnmente. Difiere, por ejemplo, del sistema de Patrón Oro, donde todas las monedas tenían el valor marcado correspondiente a una cantidad de oro, por lo que se podría cambiar cualquier moneda o billete en un activo real y de valor concreto como el oro.