La globalización consiste en la integración de las diferentes sociedades del mundo en un único mercado.

El uso de este término se utiliza desde los años ochenta, es decir, desde que los adelantos tecnológicos han facilitado y acelerado las transacciones internacionales comerciales y financieras. Y por esta razón, el fenómeno tiene tantos defensores -como el Fondo Monetario Internacional (FMI) o el Banco Mundial- como detractores.

Las causas por las que abogan los simpatizantes de la globalización se concretan en el incremento exponencial de la economía.

Sin embargo, sus mayores críticos aseguran que este fenómeno propicia una mayor desigualdad dentro de cada nación y entre los distintos países, atentando contra la identidad particular de cada pueblo. Otros argumentos de no menor peso sostienen que el proceso mundial favorece la privatización, aumenta la competencia y sobreexplota el medio ambiente.

Más en concreto, el FMI asegura que los países que se han integrado a la economía mundial han registrado un crecimiento monetario más rápido y han logrado disminuir la pobreza. De hecho, la organización financiera sostiene que la mayor parte de los países de Asia Oriental, que se contaban entre los más pobres del mundo hace 40 años, se han convertido en países prósperos gracias a la aplicación de políticas de apertura al exterior. Además, a medida que mejoraron las condiciones de vida, avanzaron en su proceso democrático y, en el plano económico, lograron progresos en cuestiones como el medio ambiente y las condiciones de trabajo.

No obstante, y según añade el Fondo Monetario, “las oportunidades que ofrece la globalización tienen como contrapartida el riesgo de la volatilidad de los flujos de capital y la posiblilidad de deterioro de la situación social, económica y ambiental; para que todos los países se beneficien de la globalización, la comunidad internacional debería esforzarse por ayudar a las naciones más pobres a integrarse en la economía mundial, respaldando reformas que fortalezcan el sistema financiero mundial para lograr un crecimiento más rápido y garantizar la reducción de la pobreza”.

Por su parte, los activistas antiglobalización exigen una sociedad más justa, el control del poder ilimitado de las multinacionales, la democratización de las instituciones económicas mundiales y la distribución más equitativa de la riqueza; de hecho, la condonación de la deuda externa es una de las exigencias de este movimiento y, por ello, responsabilizan al Banco Mundial y al FMI de la asfixiante situación en la que se encuentran la mayor parte de los países pobres, incapaces de afrontar la deuda que en muchos casos supera su PIB (Producto Interior Bruto).