Solvencia es la capacidad de una persona (física o jurídica) para hacer frente a sus obligaciones financieras, es decir, para devolver actualmente o en el futuro las deudas que ha contraído o que planea contraer. La solvencia es una herramienta básica para que un posible acreedor pueda tomar decisiones sobre la conveniencia de conceder financiación al que lo solicita, pero ademas es útil para conocer la situación actual de un deudor que actualmente ya está haciendo frente a sus obligaciones.

Mientras que la liquidez suele expresar la capacidad de las empresas para hacer frente a las obligaciones financieras a corto plazo, la solvencia financiera mide su habilidad para satisfacer sus obligaciones a un plazo más largo.

En las finanzas personales, la solvencia suele venir dada por la posible morosidad de la persona con respecto a sus deudas presentes y por su nivel de ingresos. Es importante también destacar que en ocasiones los avales son confundidos con la solvencia, cuando en realidad se trata de dos conceptos diferentes. Esto se debe a que, si bien su utilización tiene un efecto positivo sobre la viabilidad de la inversión, no aporta ninguna información sobre la solvencia del deudor, ya que solamente añade una seguridad adicional en caso de impago pero no informa al acreedor sobre la posibilidad de que este supuesto se acabe produciendo.

¿Cómo medir la solvencia de una empresa?

Existen diversas formas de medirla, los conocidos como ratios de solvencia son los más utilizados para calcular la solvencia de una empresa. Además, existen muchos otras formas de valorarla, que complementan a estos ratios.

En el caso de las finanzas empresariales es común la utilización de ratios, como son los ratios de solvencia, entre los que destaca el ratio de deuda (total deuda/total activos) y el ratio de apalancamiento (total activos/patrimonio neto). Asimismo, es importante tener en cuenta la liquidez, que de forma coloquial podríamos decir que mide la solvencia a corto plazo. Existen varios ratios de liquidez, el ratio más utilizado es el de liquidez corriente, que mide la relación entre los activos corrientes y el pasivo de una empresa.

En el caso de las grandes empresas y los Estados, suele ser medida por agencias de calificación, que estudian una serie de parámetros normalizados para finalmente pronunciarse sobre la solvencia del deudor en cuestión. Estas agencias emplean escalas de calificación que puntúan gradualmente a los estados y las empresas desde la imposibilidad de hacer frente a sus deudas (lo que comúnmente se denomina “bono basura“) hasta la máxima calificación (la cual suele llamarse “triple A” en las grandes agencias). Esto a su vez tiene una gran repercusión en la facilidad de las empresas y estados para financiarse, ya que los más solventes podrán ofrecer intereses más bajos al no tener problemas para atraer inversores conservadores aversos al riesgo. Por el contrario, los países y empresas con menor calificación crediticia no podrán ofrecer seguridad a los inversores, y tratarán de atraer a los más arriesgados ofreciéndoles rentabilidades más altas. Este diferencial entre los intereses de un activo financiero sujeto a riesgo y otro libre de él es lo que comúnmente conocemos como “prima de riesgo”, y se encuentra por lo tanto ligado directamente a la solvencia.