El imperio español ha sido uno de los más grandes de la Humanidad, siendo la gran potencia económica durante los siglos XV y XVI. En tiempos del monarca Felipe II llegó a decirse que su Imperio era tan extenso que en su reinado nunca se ponía el sol. Sin embargo, tras esta monstruosa extensión territorial había un Estado en bancarrota, una gran dependencia del comercio con las colonias y unas grandes tensiones sociales y políticas como consecuencia de los problemas económicos que acosaban al Imperio. Analizamos la historia económica que llevo a un imperio a la ruina.

Al oscurantismo de la Edad Media le sucedió el Renacimiento, una época de esplendor en todos los aspectos, y por supuesto, también en el ámbito económico. España se consolidó como la gran potencia mundial. En este sentido, eran de gran importancia los terrenos de Castilla, cuya actividad económica más importante era la agricultura. Se ampliaron las tierras dedicadas al cultivo, que sin embargo, chocó con los intereses de los ganaderos, pues estos veían reducidos los terrenos de pasto para sus rebaños.

La ganadería era una actividad clave junto a la agricultura, dado que desde los puertos del Cantábrico se exportaba la lana española al norte de Europa. Esta actividad comercial se topó con dificultades cuando estallaron los conflictos con holandeses e ingleses. Por el contrario, en el Mediterráneo, aumentó el comercio de lana con los mercados italianos.

Expansión mundial del imperio

Un hecho clave en el desarrollo del comercio fue el descubrimiento de América en 1492. La posterior conquista del continente americano ocasionó un aumento de la actividad comercial con las colonias. Existía un monopolio del comercio a través de la Casa de Contratación de Sevilla, es decir, que cualquier comerciante que quisiera efectuar cualquier transacción con el mercado americano debía acudir a este organismo. La gran demanda de manufacturas desde América hizo que la actividad artesanal viviese un periodo de expansión.

Mientras tanto, desde América llegaban a Europa metales preciosos como el oro y la plata, vitales para que el Imperio Español pudiese sostener sus onerosas guerras europeas. La llegada masiva de plata desde América tuvo consecuencias negativas, como un aumento de la inflación en Europa. Por otra parte, también aumentó el comercio de especias y materias primas.

Comienzo de la decadencia

En la segunda mitad del siglo XVI, durante el reinado de Felipe II, se produjeron los primeros síntomas de decadencia política y económica. La inflación y los impuestos sobre el campesinado aumentaron provocando el abandono de tierras y rebaños.

Mantener un Imperio tan vasto como el de Felipe II exigía una gran capacidad económica y las constantes guerras contra Francia, Inglaterra, las Provincias Unidas y los otomanos eran una sangría para el Estado. Rara vez los ingresos alcanzaban el volumen de los gastos y muchos de los barcos procedentes de América con metales preciosos eran asaltados por corsarios ingleses como el temible Francis Drake.

Tanto Carlos I como Felipe II, debido a dificultades recaudatorias tuvieron que recurrir a la creación de nuevos impuestos, préstamos con grandes banqueros y emisiones de deuda pública. A pesar de la llegada de metales preciosos desde América, estos resultaron insuficientes para sostener los colosales gastos del Imperio Español. Felipe II se vio obligado en varias ocasiones a declarar la bancarrota del Estado.

Estos problemas económicos se tradujeron en revueltas sociales y motines en el Ejército Imperial, fueron muchos los soldados que se rebelaron por no recibir sus pagas.

Ya en el siglo XVII, la situación política y económica del Imperio Español se hizo insostenible, las diferencias sociales aumentaron, se desataron hambrunas, el número de pobres aumentó y el campesinado era incapaz de soportar las elevadas cargas de los impuestos. Finalmente, el Imperio Español, endeudado y derrotado en los campos de batalla tuvo que ceder la hegemonía mundial en favor de potencias como Francia e Inglaterra.