Durante la Segunda Guerra Mundial, en 1942, Alemania se desangraba económica y militarmente mientras luchaba en Rusia y el norte de África. Ante la imposibilidad de invadir Gran Bretaña y Estados Unidos, los alemanes optaron por un arma distinta: la inflación.

En la maquiavélica mente del temido jerarca nazi Reinhard Heydrich se fraguó la idea de financiar las operaciones de las SS y la Gestapo al tiempo que se causaban estragos en la economía británica. La idea de Heydrich suponía falsificar enormes cantidades de moneda británica. Posteriormente, desde el Departamento VI del Servicio de Seguridad del Estado se perfiló un plan para arruinar económicamente a los británicos mediante la emisión masiva de billetes falsos. El Reichsführer de las SS, Heinrich Himmler, encantado con la idea se la transmitió a Hitler, que dio el visto bueno a su propuesta.

Inundando la economía británica de billetes falsos, provocarían un aumento desbocado de la inflación y la confianza de la libra esterlina se vería gravemente perjudicada en los mercados internacionales. Por otro lado, la moneda falsa serviría para pagar a los espías y colaboradores nazis, al tiempo que podía ser empleada para importar alimentos y equipamiento militar e industrial.

Al frente del proyecto se puso al mayor de las SS Bernard Krüger. El plan fue bautizado con el nombre de “Operación Berhnard” y rápidamente, los alemanes se pusieron manos a la obra. Valiéndose de sus registros policiales, los alemanes reunieron a falsificadores judíos procesados y condenados. Con un equipo de 142 hombres, los falsificadores fueron separados del resto de prisioneros, disponiendo de unas mejores condiciones de vida. Su pericia para falsificar moneda les había salvado la vida.

Los falsificadores trabajaron aislados en el bloque 19 del campo de Sachenhausen, cerca de Berlín. Para poder desempeñar su cometido, el equipo de falsificación contaba con la maquinaria necesaria y un papel moneda de alta calidad fabricado por una empresa alemana de renombre.

Las falsificaciones resultaron ser un éxito, produciéndose fundamentalmente billetes de 5, 10, 20 y 50 libras. Tal era la precisión de los falsificadores de Sachenhaussen, que desde el Banco de Inglaterra se admitió que estaban ante “la falsificación más peligrosa que nunca habían visto”.

La moneda falsa tuvo graves efectos sobre la economía de Gran Bretaña, pues se habían imprimido 8.965.080 de billetes, lo que suponía 134.610.810 de libras. En otras palabras, se habían producido tantos billetes falsos que equivalían al 15% del total de los billetes de libras de la Segunda Guerra Mundial.

Los alemanes se encargaron de poner en circulación las falsas libras esterlinas en los mercados internacionales. Así fue como las falsificaciones terminaron por llegar al Reino Unido.

Cuando el Banco de Inglaterra detectó la circulación de moneda falsa, se encontró ante una disyuntiva. Podía reconocer que la seguridad de la libra estaba en entredicho y que había ingentes cantidades de dinero falso en los mercados o bien podía guardar silencio y permitir la circulación de billetes falsos. Si reconocían la existencia de grandes cantidades de billetes de libras falsos, el pánico de los mercados podía destrozar la credibilidad financiera británica, afectando especialmente a los estadounidenses, con quienes Gran Bretaña tenía una importante deuda. En esta situación, el primer ministro británico Churchill decidió permitir la circulación de billetes falsos y haciendo que la cuestión permaneciese oculta como secreto de estado.

Bernhard Krüger, quien estaba al frente de la operación, tratando de posponer su envío al frente oriental, ideó nuevas falsificaciones. Su siguiente objetivo era la producción de dólares falsos. Sin embargo, la falsificación del dólar resultó ser mucho más compleja.

Los operarios, sabiendo que una vez consiguiesen falsificar el dólar serían ejecutados, demoraron los procesos de falsificación mediante sabotajes. A pesar de todo, el 22 de febrero de 1945 encontraron el modo adecuado de falsificar los billetes de 100 dólares.

Llegado abril de 1945 Alemania se desmoronaba en todos los frentes, con los soviéticos avanzando desde el este y los aliados atacando desde el oeste. Por ello, los falsificadores y las máquinas fueron trasladados a Ebensee, situado en los Alpes austriacos. Se adaptaron las cuevas para continuar con la producción de billetes falsos, pero la inminente derrota de Alemania provocó que Himmler ordenase la destrucción de todas las instalaciones.

Afortunadamente, los falsificadores lograron sobrevivir y en mayo de 1945, las tropas estadounidenses liberaron el campo de Ebensee en el que se encontraban recluidos.

El mayor Krüger, que estaba al frente de la operación, huyó con una bolsa llena de libras falsas. El oficial de las SS fue arrestado por los británicos y posteriormente sometido a juicio. Krüger logró salir indemne de los crímenes de los que se le acusaba y posteriormente terminó trabajando para la empresa que le suministraba el papel con el que falsificar los billetes. Finalmente, Bernhard Krüger murió en 1989.

Al concluir la Segunda Guerra Mundial los billetes falsos continuaron circulando por Gran Bretaña y después de modificar el formato del papel moneda, el Banco de Inglaterra logró sustituirlos por nuevos billetes.

Uno de los falsificadores, Adolf Burger, se encargaría de narrar detalladamente en sus memorias su experiencia en la Operación Bernhard. La historia de esta masiva falsificación trascendió más allá de los libros y terminó inspirando la película “Los falsificadores”, que en 2008 fue galardonada con el Óscar a la mejor película de habla no inglesa.