Este tipo de préstamos se diseñó en un principio para combatir la pobreza; sin embargo, ciertos sectores implicados sostienen que las entidades crediticias que lo conceden exigen altas tasas de intereses.

Los microcréditos se han convertido en la mejor estrategia de las instituciones financieras en Latinoamérica. Las pequeñas cantidades de dinero que ofrecen a las personas con escasos recursos económicos han llegado ya a 20 de millones de habitantes en la región.

Según el Fondo Multilateral de Inversiones (Fomin), organismo que forma parte del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), más de 1.000 compañías centradas en este nicho de mercado tienen preparados 40.000 millones de dólares para su distribución en préstamos rápidos hacia los más necesitados.

El origen del microcrédito latino tuvo lugar en la primera mitad del siglo XX, cuando varias organizaciones religiosas y gubernamentales apostaron por ayudar económicamente mediante créditos a los campesinos y pequeños comerciantes de las zonas rurales, principalmente de Perú y Bolivia. Un sistema financiero que tomó fuerza y dinamismo ya en la década de los 80 y que, desde entonces, se ha ido expandiendo por toda la región latinoamericana hacia ciudadanos excluidos de la banca tradicional, que considera que no cumplen los requisitos financieros adecuados.

En teoría, el microcrédito está diseñado para combatir la pobreza; sin embargo, ciertos sectores implicados sostienen que las entidades crediticias exigen altas tasas de intereses. “Obviamente, eso perpetua lo que se llama el ciclo de la deuda eterna, que no deja salir a los pobres de su condición”, señala René Maldonado, analista del Centro de Estudios Monetarios Latinoamericanos (Cemla).

Bajo este contexto, un análisis elaborado por el BID estima que el coste del préstamo varía en cada país. Así, las tasas de interés del microcrédito oscilan por debajo del 17% en Bolivia, Chile y Ecuador, mercados con el mayor desarrollo de este negocio, pero alcanzan valores por encima del 50% en México (91,90%) o Argentina (64,19%). Unos precios que, para muchos, se justifican con los gastos de administración que siempre acompañan a los microcréditos, bastante más elevados que los préstamos bancarios comunes.

A pesar de ello, Sergio Navajas, especialista de la unidad de Acceso Financiero del Fomin, asegura que “prestar a los pobres es un negocio, como cualquier otro… En general, hay que mirar las dos caras de la moneda: ahora, las personas de escasos recursos tienen acceso a un crédito, que hasta el momento nadie les otorgaba y, por otra parte, las compañías obtienen un beneficio”.

Microcréditos en Europa

Los microcréditos también se desarrollan en Europa: la Unión Europea (UE) puso en marcha en 2010 el instrumento de microfinanciación “Progress” para facilitar la obtención de préstamos a grupos de desfavorecidos tales como parados de larga duración, personas que tienen que recurrir a las ayudas de los servicios sociales, habitantes de zonas rurales, inmigrantes o minorías étnicas.

La iniciativa está financiada por el presupuesto de la UE y por el Banco Europeo de Inversiones (BEI), es decir, ambos organismos no financian empresas en sí mismas pero, mediante 200 millones de euros en garantías, permiten que bancos e instituciones no bancarias los concedan. No obstante, el instrumento europeo de microfinanciación “Progress” funcionará hasta abril de 2016; a partir de esta fecha, los microcréditos quedarán cubiertos por el Programa de Empleo e Innovación Social 2014-2020.