El Fondo Monetario Internacional  ha vuelto a recortar las previsiones globales de crecimiento para este 2015, bajando de un 3.3% al 3.1%. De esta forma, el crecimiento de la economía mundial sería inferior en 0.3% al de pasado año 2014. Sin embargo, el organismo que dirige la francesa Christine Lagarde ha anunciado que las tasas de crecimientos son muy desiguales por regiones y países, donde existen dos bloques claramente diferenciados.

Los vaivenes en las previsiones (esta es la cuarta modificación) del FMI se basan en los grandes cambios surgidos en lo que va de año, ya que tanto la crisis acuciante en los emergentes como las caídas no previstas de los países desarrollados han supuesto modificaciones sustanciales.

Por una parte, las económicas avanzadas verán ralentizadas sus tasas de crecimiento por primera vez desde 2013, mientras que las economías emergentes reducirán su crecimiento, debido en buena parte a los desequilibrios internos surgidos entre las principales economías de los BRICS.

Mientras que en Europa y EE.UU empiezan a ver la luz, fruto de los ajustes realizados y la mejora en las transacciones comerciales, en China, Rusia y Brasil siguen escalando en negativo por el continuo descenso de las materias primas. El impacto de la reducción del precio del petróleo ha sido un duro golpe a Rusia, que ya acusaba el raquítico crecimiento fruto de las sanciones y restricciones impuestas por Europa y EE.UU por la guerra en Ucrania; mientras que en China y Brasil, los desequilibrios internos en su balanza comercial (han exportado menos) así como el déficit desorbitado y la venta de materias primas, han ahondado la situación, dejando un futuro incierto a corto plazo. De hecho, China ha tenido un verano negro en cuanto a sus finanzas, con caídas bruscas en las bolsas y fuertes desequilibrios en su divisa, el yuan.

Las previsiones para estos países son mejores para 2016, donde la recuperación del primer mundo estará más sentada y podrá tirar del consumo internacional, muy tocado durante este periodo de crisis.

En el resto del planeta, el sudoeste asiático seguirá en cabeza en crecimiento, gracias a los continuos y crecientes flujos e inversiones externas, mientras que Oriente Medio y los países productores de petróleo han agravado su situación, por el desplome del precio de crudo.

NUEVAS PREVISIONES

En cuanto a España, al igual que la Eurozona, verá reducida sus previsiones anuales de crecimiento, cayendo dos décimas desde el 3.3% previsto inicialmente. Esta reducción es debida en buena parte a condiciones exógenas pero que afectan de lleno a la economía española, como la ligera subida del desempleo y la no consolidación de la salida de la crisis. Además, España ha incrementado la deuda para el segundo semestre de este año.

Sin embargo, algunos de los factores que pueden mejorar la economía para el próximo año son la  reducción del precio del petróleo, donde España es muy dependiente; la continua depreciación del euro frente al dólar, lo que podría provocar un crecimiento aún mayor de las exportaciones, así como la caída de los intereses de la deuda y la estabilidad de los tipos de interés.

Las previsiones de la tasa de desempleo quedan fijadas al 21.8% al acabar este año, y del 19.9% para 2016, muy cercanas a las del Gobierno, mientras que el crecimiento descendería hasta el 2.5% para 2016, fruto de las tensiones a nivel mundial en cuanto a deuda y restricciones.

Para Latinoamérica las previsiones no son nada halagüeñas, debido fundamentalmente a los desequilibrios internos de algunas economías locales. Mientras que Brasil se contraerá un 1.5% este año y 0.7% el próximo, México verá reducido su ratio de crecimiento hasta el 2.4%, fruto del bache económico de EE.UU, su principal aliado comercial. Otras economías como Perú y Colombia, también verán reducidas sus tasas de crecimiento, aunque con incrementos en 2016, mientras que Venezuela seguirá ahondando su situación económica debido a la caída continuada del precio del crudo y Argentina seguirá estancada por la fuerte inflación no reconocida en sus finanzas y la monetización del déficit público.