Mill - Molino -granja -Holanda

Este pequeño país de apenas 33.894 km2 consigue superar en exportaciones a otros que cuentan con millones de hectáreas cultivables como Rusia, India o Brasil. ¿Cuál es el secreto de este éxito?

El pasado 12 de julio el ministro de Asuntos Exteriores de los Países Bajos, Bert Koenders, comenzaba su visita a Argentina para estrechar lazos con el nuevo gobierno presidido por Mauricio Macri. Como afirmó el propio ministro, el país ofrece grandes oportunidades para las empresas holandesas, especialmente en el sector agrícola.

Argentina, por su parte, busca atraer nuevos inversores internacionales después de años de aislamiento, y considera la modernización de su sector agroganadero como uno de los ejes del giro en la política económica desde las elecciones de 2015. Por otra parte, la elección de Holanda como socio no es casual: el año pasado los Países Bajos se convirtieron en el segundo exportador mundial de productos agrícolas.

Según los datos publicados por el Ministerio de Agricultura, las exportaciones del sector agroganadero holandés llegaron a los 80.700 millones de euros, mientras que las importaciones sumaron solamente 52.400, dejando un superávit comercial de 28.300 millones. A su vez, los productos relacionados con la agricultura y la ganadería suponían un 18,8% de las exportaciones totales. La mayor parte de las ventas fueron de vegetables, carne, flores y plantas vivas (en cuyo caso Holanda acapara más de dos tercios del mercado mundial) y productos lácteos, aunque también destacan las exportaciones industriales ligadas al sector primario (siendo el primer exportador mundial de robots para la extracción de leche bovina). En cifras absolutas, el auge de las exportaciones agrícolas holandesas coincide con un aumento continuo de la producción en las últimas décadas, pero contrasta con la reducción progresiva de la superficie cultivable (-4% entre 1996 y 2010) en favor del suelo para usos residenciales y forestales.

Nos encontramos por tanto ante un país de reducido tamaño (de los cuales una gran parte está ganada al mar y solo el 27% tiene uso agrícola, ocupando en tamaño el puesto 134 entre los 196 países del mundo) y en cambio exporta más que otros países que cuentan con millones de hectáreas cultivables como Rusia, India o Brasil. ¿Cuál es el secreto de este éxito?

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La primera clave es entender que Holanda ocupa la segunda posición mundial por el valor (no el volumen) de sus exportaciones, lo cual nos indica que los productos holandeses son relativamente más caros que los de sus competidores, y sin embargo, son más competitivos y mantienen su posición de liderazgo. Esta realidad rompe con la tendencia en el sector primario, tradicionalmente dominado por países con abundantes recursos naturales abocados a una producción masiva y compitiendo entre sí por ofrecer los precios más bajos del mercado. La vía holandesa, en cambio, demuestra que un país con recursos mucho más escasos y costes de producción más elevados puede mejorar los resultados de sus competidores, planteando una visión radicalmente diferente del mercado.

En este sentido, los holandeses han sabido entender que comerciar en el sector primario no significa necesariamente vender materias primas. De hecho, el sector agroganadero de los Países Bajos exporta principalmente productos ya elaborados y destinados al consumo final (como el queso), mientras que sus competidores todavía apuestan por las materias primas (leche, en este caso). Esto supone un proceso de elaboración dentro del país que aumenta sensiblemente el valor añadido de los productos de exportación, lo cual a su vez se traduce en precios de venta más elevados. De hecho, un 24% de las exportaciones actuales consisten en reshipping, es decir, la exportación de productos agrícolas previamente importados a granel y preparados en Holanda para su consumo final. Gracias a este fenómeno, un pequeño país de Europa del Norte es capaz de exportar frutas tropicales y oleaginosas, propias de climas mucho más cálidos.

Por otra parte, los productores holandeses parecen haber tenido éxito a la hora de diferenciar sus productos, reduciendo así el margen de maniobra de la competencia. Esta diferenciación, facilitada por la larga tradición agrícola del país, es mucho menor en los mercados de materias primas, lo cual los hace también más volátiles. Es así como Brasil o Cuba podrían verse muy afectados si un nuevo productor de azúcar entra en el mercado a precios más bajos (ya que básicamente todos ofrecen el mismo producto), mientras que los quesos Gouda sufrirán un impacto mucho menor ante la competencia de una nueva denominación de origen (al ser productos que el público percibe como diferentes).

Otro factor que aumenta la competitividad holandesa es su larga tradición exportadora: después de siglos entre los protagonistas del comercio internacional, las empresas holandesas pueden disfrutar de una infraestructura logística inmejorable (con Rotterdam como mayor puerto de Europa) y de una extensa red de distribución de alcance mundial. De esta manera, los empresarios del país pueden abastecerse en los mercados más baratos, vender en otros con más potencial de crecimiento e incluso actuar como intermediarios, todo ello con unos costes logísticos mínimos.

Esta ventaja comparativa en distribución, sumada a los factores ya mencionados, ha permitido que los empresarios holandeses puedan vender productos agrícolas incluso a países cuyas economías aún son en parte rurales y con costes de producción mucho más bajos. Es así como en los últimos años han aumentado las ventas de pollos a Sudáfrica, de peras y manzanas a Vietnam y de cebollas a Indonesia y Panamá. Y aunque las ventas exteriores todavía presentan una notable concentración geográfica (el 80% de las exportaciones del sector se dirigen a la Unión Europea) la tendencia a la diversificación puede ser muy importante a la hora de reducir el riesgo de mercado, especialmente si la recuperación europea sigue retrasándose.

Sin embargo, todos estos factores no hubieran sido capaces por sí solos de generar un aumento exponencial de la producción, menos aún en un sector donde tanto los recursos naturales (la tierra cultivable) como humanos (mano de obra) no han dejado de reducirse. Por el contrario la clave reside en la innovación y en la introducción masiva de tecnología a lo largo de todo el proceso productivo, lo cual ha contribuido a aumentar notablemente la productividad. El resultado es un nivel de output mayor por cada unidad de tierra o trabajo empleada, lo cual ha repercutido muy positivamente en la competitividad y en el valor añadido. Como ejemplo, la introducción de granjas con cultivos acuapónicos ha dado lugar en algunos casos a una producción 10 veces mayor, pero el uso de tecnología en la agricultura holandesa no es algo nuevo: en la industria lechera, por ejemplo, la inseminación artificial en los animales para mejorar la calidad del ganado ya se utilizaba en los años 60, y en el último lustro del siglo XX ya se habían introducido los primeros robots para la extracción de leche. Actualmente el liderazgo en tecnología se mantiene, con actividades (como la recogida de frutas), que aún en los países desarrollados se hacen todavía manualmente y que en Holanda están cada día más robotizadas.

 

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El resultado de todos los factores mencionados anteriormente (elaboración, diferenciación, distribución, innovación y tecnología) es un aumento continuo del valor añadido en las últimas décadas. La evolución es especialmente positiva en términos de valor por hora trabajada, lo cual nos permite deducir que la mejora en la productividad ha compensado con creces la reducción de mano de obra. Y posiblemente esta conclusión resume el éxito de la agricultura holandesa: no se trata de producir más, sino de sacar el máximo rendimiento posible a cada unidad de factores invertida.

Población y output Holanda_1

Población y output Holanda_2

Por otra parte, el caso holandés adquiere una especial relevancia si consideramos la pervivencia del malthusianismo en parte del pensamiento económico actual. Según esta teoría, el crecimiento de la producción de alimentos solamente podría seguir una tendencia aritmética ya que la agregación de factores (como la tierra, el trabajo y el capital) solamente podrían dar lugar a un aumento lineal en el tiempo. La población, por otra parte, crecería de forma geométrica, desbordando las posibilidades de abastecimiento y generando escasez a largo plazo (gráfica inferior). Estas teorías, aunque actualizadas, están aún presentes entre los economistas que alertan del inminente agotamiento de los recursos y quienes señalan al crecimiento demográfico como el principal responsable de la pobreza en el mundo, mientras recomiendan políticas de corte antinatalista como único remedio posible para revertir esta tendencia.

Lo cierto es que no son pocos los datos que fundamentan esta teoría: en los últimos 50 años la población mundial se ha duplicado, pasando de 3.420 millones en 1966 a 7.256 en 2016 (United States Census Bureau). Mientras tanto, la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) estima que unas 1.750 millones de personas viven en la pobreza y 800 sufren de malnutrición. La lógica parece clara: el crecimiento demográfico ha superado con creces el aumento de la producción de alimentos y así se han rebasado las posibilidades de abastecimiento en nuestras sociedades. Al no existir fórmulas para lograr incrementos similares en el output, es necesario moderar el crecimiento poblacional.

El caso de Holanda, sin embargo, parece demostrar lo contrario: a pesar de contar con una demografía dinámica (la población aumentó un 44% en los últimos 50 años), la acumulación de capital y la aplicación de tecnología permitieron un crecimiento exponencial de la producción de alimentos, a pesar de haber reducido los factores de tierra y trabajo (gráfica superior). Como se ha comentado anteriormente, la clave no está en una mayor producción total sino en un aumento de la productividad y del valor añadido. De esta manera, un país de apenas 33.894 km2 se ha convertido en el segundo exportador mundial de productos agroganaderos. ¿Qué podríamos esperar entonces de un país casi 88 veces más grande, como la India? ¿Podremos seguir culpando al crecimiento demográfico de su pobreza?