Una sociedad anónima es un tipo de sociedad mercantil en el que la responsabilidad de los socios se limita al capital que han aportado. Es el más claro ejemplo de sociedad capitalista en el mundo empresarial y económico. Como principal virtud poseen que permiten canalizar pequeños volúmenes de capital que pueden llegar a desarrollar posteriormente grandes inversiones productivas.

Los participantes en este tipo de sociedad mercantil poseen acciones, que pueden vender libremente en los mercados. Es decir, tienen la denominación de socios transferibles. Por otra parte, los accionistas de una sociedad anónima suele reunirse cada cierto tiempo (lo normal es que sean periodos de un año) en una Junta de accionistas, lugar en el que son tomadas y discutidas las medidas y decisiones que trascienden y que acaban siendo fundamentales en la vida de la empresa.

No obstante, los socios no suelen estar directamente relacionados con el devenir de la compañía de la que son copropietarios, exceptuando si se les ha encomendado este rol en los estatutos o como decisión de la junta de accionistas. Esta tarea suele recaer normalmente en los administradores de la sociedad.

La separación que existe a menudo entre propiedad y control en estas empresas es por lo general muy positivo, ya que la dirección suele ser asumida por una administración más profesional y preparada para este tipo de proyectos, priorizando la búsqueda mayores beneficios para los socios dejando de lado posibles intereses personales.

Una de las claves del éxito y expansión de las sociedades anónimas a nivel global es que mejoran la financiación de la empresa al contar con participaciones pequeñas en la mayoría de los casos, lo que hace que estas sean fáciles de colocar y comercializar en el mercado. Alternativamente, en este tipo de sociedades no existe un número máximo de socios y tampoco un capital máximo, por lo que sus posibilidades de crecimiento son considerables.

No obstante, conviene destacar que la responsabilidad de los socios es limitada en este caso, y que estos tienen la posibilidad y el derecho de conocer de primera mano la gestión que los administradores estén realizando. Para ello, pueden recurrir a un Consejo de administración o a auditorías como herramientas de control y supervisión, especialmente en casos en los que consideren que no se está llevando la dirección de la empresa como es debido o pueda encontrarse en situaciones de riesgo.

En España por ejemplo poner en marcha una sociedad anónima actualmente requiere una inversión inicial de cerca de 60.000 euros, en concepto de capital mínimo.