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Mientras en la mayor parte del mundo se siguen sufriendo las consecuencias de la crisis de 2007, la recuperación europea está siendo liderada por Irlanda y España, poniendo en marcha soluciones muy distintas para abordar problemas muy similares.

Como punto de partida, y salvando las diferencias en tamaño del PIB y población, podemos decir que las dos economías presentan grandes similitudes: ambos se encontraban hace unas décadas entre los países más pobres de Europa Occidental, disfrutaron de un notable desarrollo en el periodo 1990-2007 y sufrieron de manera especialmente grave el impacto de la crisis.

Además, tanto en España como en Irlanda se habían formado sendas burbujas inmobiliarias que al estallar acabaron causando grandes problemas al sector bancario (que tuvo que ser intervenido por el Estado), mientras el desempleo aumentaba y los gobiernos entraban en una espiral de déficit y endeudamiento. Las políticas económicas diseñadas para afrontar la crisis, sin embargo, han sido muy distintas, y a continuación se analizarán las fortalezas y debilidades de cada una.

Diferencia en las políticas económicas utilizadas en Irlanda y España

En ambos países, la política económica de los últimos años tuvo tres objetivos principales: reestructurar el sector bancario (en serias dificultades a raíz de la burbuja inmobiliaria), sanear las arcas públicas y reducir el desempleo.

La respuesta al primer problema fue similar en los dos casos, con la utilización de recursos públicos para rescatar las entidades con problemas y la creación de un “banco malo” que absorbiese los activos tóxicos. Sin embargo, las políticas fiscales han seguido caminos distintos.

Así, mientras que España optaba por un aumento de la presión fiscal para mantener el gasto social y la estructura administrativa del Estado, las autoridades irlandesas preferían reducir progresivamente el peso del sector público en la economía, con recortes del gasto acompañados de rebajas fiscales. En la lucha contra el desempleo también ha habido grandes diferencias, ya que el mercado laboral español está viviendo un largo proceso de flexibilización (con una economía en devaluación interna) mientras que Irlanda ha concentrado sus esfuerzos en reformas educativas para facilitar la empleabilidad de los jóvenes y en fomentar la contratación de desempleados de larga duración.

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A la vista de los resultados, parece evidente que ambos países se encuentran decididamente en fase de recuperación, pero el modelo irlandés parece consolidar un crecimiento más sólido. Por una parte, la disminución de la presión fiscal (que en España se debe más bien a la caída del consumo privado en un sistema regresivo, y no a una reducción de los tipos impositivos) es más significativa en Irlanda, especialmente gracias a su política reducir los impuestos a las empresas. Mientras tanto, el gasto público con respecto al PIB irlandés se ha contraído ligeramente, pero ha crecido con fuerza en el caso español (del 38,9% al 43,3%).

Los efectos sobre la economía real también son dispares: aunque en ambos casos las economías vuelven a crecer, el crecimiento irlandés (7,83%) supera al español (3,21%) a pesar de que esta cifra supone para España una tasa récord en los últimos años. Por su parte el mercado laboral en Irlanda (que llegó a registrar un aumento del desempleo del 4,7% en 2007 al 14,7% en 2011) parece haberse recuperado más rápidamente, con una caída del paro hasta el 9,4% en 2015. En España las cifras de desempleo también se van reduciendo, pero la tasa de 22,1% en 2015 todavía se encontraba muy lejos del 8,2% que se registraba al inicio de la crisis.

Estos resultados presentan la paradoja de una economía rescatada que consigue salir de la crisis con más facilidad que otra en principio más solvente, y algunos no dudan en señalar las rebajas fiscales irlandesas como el motivo de este fenómeno. Las causas, sin embargo, son más complejas y merecen un análisis más profundo.

En primer lugar, es evidente que la política fiscal ha tenido un lugar destacado en la evolución de las economías de la eurozona desde el inicio de la crisis. Partiendo tanto Irlanda como España de una situación de superávit en 2007, la recesión económica redujo notablemente la recaudación y dio lugar a un severo déficit.

En Irlanda, el desajuste de las cuentas públicas (agravado por la necesidad de recapitalizar los principales bancos de la isla) llegó a obligar al gobierno a pedir un rescate a la Unión Europea y al Fondo Monetario Internacional, pero la política fiscal tuvo un doble efecto positivo: por una parte, el plan de ajuste disminuyó el gasto público, mientras que la reducción de impuestos a empresas favoreció la inversión y con el tiempo permitió recuperar los ingresos.

En España, mientras tanto, los primeros ajustes no se llevaron a cabo hasta 4 años después del inicio de la crisis, mientras las autoridades lanzaban entre 2012 y 2013 la mayor subida de impuestos en las últimas décadas. El resultado es que, mientras el déficit irlandés ya se ha reducido hasta el 2,3% en 2015 (por debajo del objetivo del 3% recomendado por la Unión Europea) el español se sitúa todavía en el 5,16%.

Naturalmente, la política de austeridad no es la única responsable de la consolidación fiscal irlandesa, ya que es necesario considerar también el efecto del nuevo marco impositivo sobre la actividad económica. De hecho, ésta es una de las claves de la recuperación en Irlanda: al verse atraídas por impuestos más bajos, numerosas multinacionales (especialmente procedentes de Estados Unidos) han decidido establecer en la isla nuevas fábricas, centros logísticos u oficinas para administrar sus negocios en Europa.

Esta llegada masiva de capital extranjero explica el aumento en la Inversión Extranjera Directa (IED), que pasó de 59.941 millones de dólares en 2007 a 125.710 millones en 2015, mientras que en España en el mismo periodo la IED caía de 73.772 millones a 22.062 millones. Además, las nuevas inversiones dirigidas a la exportación en el caso irlandés y la devaluación interna en el español también han convertido al sector exterior en motor de crecimiento para los dos países.

Políticas comerciales: España ha potenciado sus exportaciones e Irlanda ha atraído inversiones

Los caminos seguidos por los dos países para potenciar su sector exterior son esencialmente diferentes. En España la corrección del déficit comercial es la consecuencia de la caída del consumo interno (lo cual ha reducido las importaciones) y de un auge de las exportaciones.

Esto es el resultado de un proceso de devaluación interna que ha mejorado la competitividad vía costes laborales. Sin embargo, este nuevo modelo productivo tiene un grave defecto, al confiar todavía en algunas actividades de bajo valor añadido, lo cual reduce los salarios reales y afecta al consumo interno.

Irlanda, por su parte, ha favorecido la llegada de numerosas multinacionales dedicadas a sectores ligados a la tecnología, con un impacto positivo sobre la economía y los salarios reales. En la balanza por cuenta corriente ambos países han logrado resultados positivos, con superávits de 81.200 (Irlanda) y de 26.900 (España) millones de euros. Sin embargo, otros datos favorecen a la economía irlandesa: si en el periodo 2007-2015 en España el valor añadido aumentaba un 13% y la productividad un 12%, en Irlanda lo hacían un 18% y un 47%, respectivamente.

Análisis de los modelos económicos

Analizando la evolución de la renta per cápita desde 1986 (año en el que España ingresó formalmente en la Comunidad Europea) vemos que el producto bruto por habitante de irlandeses y españoles era similar, estando las dos economías entre las más atrasadas de Europa Occidental. Para la economía hispana es indudable que la pertenencia a la UE ha contribuido al desarrollo, hasta el punto de convertirse en la cuarta de la eurozona en la actualidad.

No obstante, el PIB per cápita no ha variado significativamente a comparación de Europa: si en 1986 la renta por habitante era el 79% de la media europea, 29 años más tarde se situa en el 86%. En el mismo periodo el PIB irlandés per cápita, partiendo del 65%, ha conseguido situarse por encima de la media comunitaria, en el 134%.

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Es también importante destacar el papel del I+D en la evolución de ambas economías, que es una de las piezas fundamentales de cualquier economía. Como resultado del repunte de la inversión comentado anteriormente y de una administración eficiente de los fondos de desarrollo europeos (que en este caso se dedicaron especialmente a mejorar el capital humano del país), el gasto en I+D por habitante en Irlanda creció de 449 euros en 2007 a 529,4 en 2015, mientras que en España bajaba de los 303 iniciales a sólo 273.

Los esfuerzos en innovación ayudan a explicar el aumento de la productividad irlandesa (que ha sido posible sin ajustes en los salarios), lo cual a su vez también ha tenido un impacto positivo sobre el crecimiento de la renta per cápita.

Es significativo que el mayor crecimiento económico de Irlanda coincida, justamente, con las rebajas fiscales de los 90, entre las cuales destaca la reducción al 12,5% del Impuesto de Sociedades en 1998 (el cual se redujo de nuevo en 2015 hasta el 6,5%). A modo de ejemplo, después de la reforma de 1998 la renta per cápita en Irlanda creció algo más de 2.200 dólares en solamente dos años, lo que supone un salto del 19%.

Algunos economistas critican el modelo irlandés porque argumentan que la reducción del peso del Estado en la economía va ligada a un aumento de las desigualdades. Dicho de otra manera, el crecimiento de la economía isleña solamente beneficiaría a las grandes empresas y los recortes en el gasto público seguirían perjudicando a los más desfavorecidos.

No obstante los datos contradicen esta afirmación: de hecho, el Índice de Gini (medida de la distribución de ingresos en un país) se ha reducido en Irlanda y ha aumentado en España. Esto significa, paradójicamente, que un país con una economía más intervenida por el Estado ve crecer sus desigualdades, al contrario que el otro, que confía más en el fortalecimiento del sector privado y acaba por distribuir mejor su riqueza.

A pesar de todos sus logros, todavía quedan muchos retos por delante para la economía irlandesa: su infraestructura es aún insuficiente, su sistema sanitario presenta graves deficiencias y hay una enorme brecha entre el desarrollo económico de su capital (Dublin) y las demás ciudades del país.

Por su parte, España puede presumir de servicios públicos y transportes de gran calidad y de un sector exportador pujante, pero todavía no ha llevado a cabo reformas significativas en el sector público y el desempleo aún está lejos de los niveles anteriores a la crisis. Tal vez ahora, conociendo las luces y las sombras de ambos modelos, sea una buena oportunidad para que los dos países puedan aprender uno del otro y sacar lecciones para el futuro, en su largo camino hacia la recuperación.