La expresión blue chips  se emplea en el  ámbito bursátil para hacer referencia a los valores más estables y seguros. Se trata de acciones muy sólidas, vinculadas a empresas fuertes, consolidadas, que no sufren grandes oscilaciones en el mercado y generan beneficios recurrentes a lo largo del tiempo. En España, algunas de las compañías que se engloban bajo esta calificación forman parte del sector energético y bancario.

El término proviene de las fichas azules usadas en los casinos (las de mayor valor) y es que, por regla general, los títulos blue chips constituyen la mejor opción para ampliar nuestro capital a largo plazo sin correr riesgos.

Como hemos dicho, tienden a corresponderse con firmas bien establecidas que rara vez requieren ampliaciones de capital, cuya oferta de productos y/o servicios goza de una amplia aceptación (por ser considerados de buena calidad) y, por ende, no están sujetas a fluctuaciones y producen unas ganancias más o menos homogéneas (de ahí que los inversores más agresivos las rechacen, pues no son el mejor camino para obtener ganancias a corto plazo).

Se trata, al mismo tiempo, de acciones con un alto volumen de liquidez, es decir, los inversores pueden comprarlas y venderlas con bastante facilidad pues siempre suele haber nuevos compradores interesados en la compañía.

Finalmente, apuntar que estas empresas suelen pagar dividendos de forma regular, aunque estén atravesando una situación complicada, y normalmente experimentan una menor caída en caso de crisis financiera, ya que se comportan como valores defensivos. En cualquier caso, como cualquier acción, su valor puede bajar (y en ocasiones de forma estrepitosa).

El lado opuesto corresponde a los títulos conocidos como chicharros, empresas volátiles y poco sólidas.