Según las últimas estimaciones, la humanidad podría alcanzar los 10 mil millones de personas en 2050. Las dudas sobre cómo alimentar una población en crecimiento han llevado a numerosos organismos a recomendar controles sobre la natalidad, pero ¿nos dirigimos realmente hacia una época de escasez de recursos?

El informe publicado por la FAO el pasado 22 de febrero analizaba la situación actual de la agricultura, así como los retos que definirán su futuro. El punto de partida es el incremento de la producción de alimentos en los últimos años, lo que nos permitiría afirmar que estamos viviendo una nueva Revolución Agrícola. Sin embargo, el organismo dependiente de la ONU también planteaba sus dudas sobre la capacidad del sector para alimentar una población en continuo crecimiento, tanto por los límites de la capacidad productiva como por el agotamiento de las reservas de agua y el impacto sobre el medio ambiente.

En realidad el informe refleja una inquietud que en las últimas décadas ha estado muy presente en la opinión pública, y en este sentido son muchas las voces del ámbito económico que defienden la necesidad de implantar medidas para limitar el crecimiento demográfico, especialmente a través de controles de la natalidad. Estas opiniones suponen en cierta medida un retorno al pensamiento malthusiano, el cual señala la incompatibilidad de las posibilidades productivas de la agricultura (que crecen de forma sumatoria o aritmética) con la evolución de la población (que lo hace de forma exponencial o geométrica). El resultado sería un problema de superpoblación, provocando escasez de alimentos y por tanto una mayor mortalidad que limitaría el aumento demográfico. En este artículo estudiaremos el planteamiento malthusiano a la luz de la evidencia empírica actual.

Como puede observarse en la gráfica, el crecimiento de la agricultura parece haberse traducido en un fuerte aumento de la producción de alimentos en el mundo. Por otra parte, si atendemos al índice de malnutrición vemos también que no solo se ha incrementado el output total, sino que este crecimiento también ha dado lugar a un mejor acceso de la población a los alimentos que produce la economía. Esto significa que la escasez, lejos representar un límite natural al crecimiento vegetativo, afortunadamente lleva décadas reduciéndose y difícilmente tendrá el papel destacado que le asigna el pensamiento malthusiano.

Por otra parte, los trabajos de Malthus suponen un crecimiento aritmético a la producción agrícola en el contexto de una ley de rendimientos marginales decrecientes; es decir, que el aumento del output en la agricultura solamente podría lograrse mediante la agregación de los factores tierra, trabajo y capital, suponiendo un nivel constante de la técnica. Sin embargo, el análisis de la situación actual nos demuestra que buena parte del crecimiento se debe al desarrollo tecnológico (rompiendo la suposición del nivel constante de la técnica), a la internacionalización de los mercados (factor no tenido en cuenta anteriormente) y a una aplicación mucho más intensiva del capital, relegando la tierra y la mano de obra a un papel prácticamente marginal. De esta manera podríamos razonar que buena parte de las suposiciones sobre las que se ha formulado el modelo malthusiano podrían haber tenido validez en su contexto histórico, pero difícilmente servirían como referencia en la economía actual.

La población, por su parte, ha tenido desde los años 90 un comportamiento muy diferente al supuesto por los malthusianos, al presentar un ritmo de crecimiento (1,47% como media anual) inferior al de la producción de alimentos (2,9%). Como hemos comentado anteriormente, esta disparidad se ha traducido en una mejor alimentación de las personas, como puede observarse al estudiar las tendencias en las distintas regiones del mundo. Afortunadamente, si en 1990 el consumo diario de kilocalorías por persona de los asiáticos y africanos no llegaba al nivel mínimo recomendado por la Organización Mundial de la Salud (unas 2.500 kilocalorías al día), hoy todos los continentes superan con creces ese nivel y parecen dirigirse hacia la convergencia.

Como es natural, no faltan objeciones a este planteamiento, argumentando que el crecimiento de la producción agrícola no es sostenible a largo plazo debido a una creciente presión sobre los recursos, especialmente el agua. Sin embargo, es importante recordar que este incremento no se debe a una mayor cantidad de recursos empleados sino a una mayor inversión en capital fijo, a nuevas técnicas empleadas y a la liberalización comercial. Además, las innovaciones agrícolas en los últimos años han demostrado que es posible reducir el consumo de agua y aumentar la producción al mismo tiempo: la solución pasa, de esta manera, por seguir modernizando el sector.

Por otra parte, la reducción de la natalidad podría provocar a su vez otros problemas, especialmente relacionados con la sostenibilidad de las políticas sociales a largo plazo. Recordemos que en países desarrollados como España, o incluso en otros con las tasas de ahorro más altas del planeta, como Alemania y Japón, el envejecimiento demográfico ya supone una carga creciente sobre el sistema sanitario y de pensiones. Este problema se ha hecho evidente en Grecia, donde el gobierno se vio obligado a realizar duros recortes en las jubilaciones: sencillamente, la población activa del país no es capaz de crear la riqueza suficiente como para asegurar un nivel de vida más elevado a los pensionistas. Por lo tanto, si una población en retroceso ya puede lastrar el crecimiento en países con renta per cápita media y alta, es difícil imaginar el impacto que esta situación podría tener sobre los habitantes de las zonas más pobres del planeta, con tasas de ahorro muy reducidas y donde las pensiones apenas alcanzan para vivir. Por este motivo es posible que los controles de natalidad, que en principio buscan generar economías más sostenibles, puedan crear problemas de sostenibilidad mucho más graves a largo plazo.

Como ya hemos comentado, la población mundial está en crecimiento, y se espera que llegue a los 9,7 mil millones en 2050. Las cifras pueden parecer alarmantes, pero no lo son tanto si se considera la superficie habitable total de la Tierra. De hecho, si consideramos un espacio de unos 100 metros cuadrados por persona (una densidad de población que existe en ciudades como Nueva York), la población mundial solamente ocuparía un espacio de unos 648.544 kilómetros cuadrados: exactamente el tamaño del estado de Texas. Por otra parte, cuando se habla de problemas de superpoblación se ponen como ejemplo ciudades que albergan millones de personas como Calcuta o El Cairo, donde un exceso de habitantes aumenta la marginalidad social. Sin embargo, con frecuencia se olvida que se trata de enclaves en países subdesarrollados, pero también hay casos de otros con mayor nivel de vida (como Londres, Singapur o Nueva York) donde no parece que se esté produciendo este fenómeno. El problema, por lo tanto, no es un exceso de población, sino el desarrollo económico. Contrariamente a lo que defiende el pensamiento malthusiano, la experiencia demuestra que son la acumulación de capital y la innovación, en el contexto de un mercado libre, quienes mejoran la calidad de vida de las personas, y no los controles sobre la natalidad.