En nuestro globalizado siglo XXI aún sobreviven grandes disparidades de precios dentro de una misma economía: los tipos de cambio internos. En este artículo analizamos qué son y cómo nos afectan.

En las últimas décadas, el proceso de globalización económica que ha experimentado el mundo, especialmente en cuanto a la internacionalización de los procesos productivos y a la liberalización del movimiento de personas, capitales y mercancías, ha intensificado la interdependencia de las economías nacionales. Sin embargo, aún existen grandes diferencias en el coste de los mismos productos de un país a otro que no pueden explicarse exclusivamente por el distinto valor de sus divisas: se trata de los tipos de cambio internos.

Estos tipos, definidos como el nivel general de precios y salarios imperante en cada economía, pueden variar incluso entre países que utilizan la misma moneda, y en algunos casos también de una región a otra del mismo país. Como consecuencia, los tipos internos influyen en cuestiones tan fundamentales para una economía como el poder adquisitivo de sus ciudadanos (es importante recordar que al hablar de niveles de precios también se incluyen los salarios, ya que éstos constituyen el precio del factor trabajo), la competitividad de sus exportaciones o su capacidad para atraer inversores extranjeros.

Por qué existen los tipos de cambio internos: el caso de la eurozona

Como hemos comentado anteriormente los tipos de cambio internos pueden variar de una región a otra del mismo país, pero quizás el ejemplo más claro de esta disparidad es la eurozona. En este caso, la adopción de una moneda común por parte de 19 países es una experiencia con pocos precedentes en la historia económica, especialmente si recordamos que sus objetivos principales son asegurar la estabilidad monetaria y facilitar la integración de las economías nacionales en un mercado único regional. Desde un punto de vista teórico, podríamos esperar que la eliminación de las diferentes monedas nacionales solucionara las divergencias en la cotización de divisas, y que en un mercado completamente integrado (suponiendo además información perfecta) las disparidades de precios y salarios tenderían a desaparecer. La realidad, sin embargo, se vuelve mucho más compleja cuando la analizamos a la luz de los datos.

Como puede apreciarse en la gráfica, la implantación del euro solamente se ha traducido en una convergencia de precios en un grupo de países (Bélgica, Holanda, Francia, Alemania, Austria e Irlanda) pero no parece haber afectado de igual manera a España, Italia, Finlandia y Grecia. La primera conclusión que podemos extraer de los datos, por tanto, es que la adopción de una moneda común no garantiza por sí misma la convergencia en el nivel de precios, es decir, que la persistencia de estas diferencias a pesar de haber eliminado los tipos de cambio externos demuestra la existencia de otros tipos internos y de características completamente distintas.

La adopción de una moneda común no garantiza por sí misma la convergencia de precios

En segundo lugar, si analizamos la situación particular de las economías donde sí ha habido convergencia (considerando además otros factores como su proximidad geográfica), vemos también que se trata de países con un alto grado de interdependencia. El caso más claro de esta dependencia mutua es el de Bélgica y Holanda, cuya divergencia en precios pasó de 3,2 puntos porcentuales a solamente 1,1 desde la adopción del euro, lo cual demuestra que cuando dos economías se encuentran plenamente integradas, la eliminación de los tipos de cambio externos da lugar a una convergencia de precios casi completa.

No es éste el caso de las economías más periféricas de la eurozona, que parecen haber experimentado una cierta convergencia solamente en los primeros años de existencia del euro, para estabilizarse posteriormente. De esta manera, observamos cómo el nivel de precios de Finlandia todavía es un 47% superior al de Grecia, e incluso entre países con fuertes lazos económicos como Italia y España existen notables diferencias. Teniendo en cuenta que el grado de interdependencia entre las economías periféricas es mucho menor que entre las centrales, podríamos llegar a la conclusión de que éste es uno de los factores que explica la existencia de tipos de cambio internos.

Esta explicación se encuentra perfectamente alineada con lo defendido por la teoría económica: si dos economías con niveles de precios distintos forman un mercado único (es decir, con libertad de movimientos de personas, capitales y mercancías) y existe información perfecta, los agentes del mercado del país con precios más altos buscarán abastecerse en el otro para reducir sus costes de producción y aumentar sus márgenes de beneficio. De esta manera, el país con precios más bajos se vería beneficiado por un aumento de las exportaciones y por la entrada de capitales extranjeros orientados a la inversión. Estos factores generarían presiones inflacionistas, las cuales, sumadas a la tendencia deflacionista del país vecino (que estaría sufriendo el efecto contrario, es decir, huída de capitales y caída de la producción nacional en detrimento de las importaciones) darían lugar a la convergencia de precios, cumpliendo así la máxima de que la unidad de mercado supone un precio único.

Sin embargo, conviene señalar que la interdependencia, aunque sin duda constituye un factor decisivo a la hora de entender los tipos de cambio internos, tampoco es una explicación suficiente. Si fuera así, los precios en España acabarían igualándose a los de Francia ya que la economía hispana se beneficiaría de la deslocalización de la producción francesa y de un aumento de las exportaciones al país galo. En cambio, la evidencia empírica nos dice que la divergencia de precios apenas se ha alterado desde 2002, lo cual no deja de ser natural si consideramos las diferencias entre ambos países en cuanto al valor añadido de sus economías. Sencillamente, esto ocurre porque los sectores productivos que generan más valor compensan a sus empleados con mejores salarios y venden sus productos a precios más altos, dando lugar a un tipo de cambio interno también más elevado.

Por último, encontramos también un factor no menos importante en las particularidades de las economías nacionales. En este sentido, la existencia de diferencias en el marco fiscal y en la regulación laboral, o la puesta en marcha de políticas nacionales de precios (ya sean inflacionarias o de devaluación interna) pueden frenar la convergencia entre economías interdependientes y generadoras de un valor añadido similar.

¿Cómo nos afectan los tipos de cambio internos?

La existencia de tipos internos (los cuales, como ya hemos comentado, no se dan sólo a escala nacional sino también regional o local) suele tener un fuerte impacto en la economía de los países. Por una parte, aumenta el poder adquisitivo relativo de los países con tipos altos, ya que les permite comprar, invertir o hacer turismo en los de tipos más bajos a precios más competitivos. Sin embargo, en ocasiones también éstos pueden verse perjudicados, ya que su economía nacional puede sufrir un cierto dumping por parte de la oferta extranjera. Por el contrario, los países con tipos bajos pueden reforzar su crecimiento económico gracias al sector exterior, pero verán reducidas sus capacidades a la hora de salir al extranjero.

En este sentido es importante recordar el papel diferenciador del valor añadido, ya que los países que han apostado por esta vía han conseguido mantener un mejor nivel de salarios sin caer en riesgo de dumping ni destruir puestos de trabajo. Por el contrario, muchos de los países que han optado por la competitividad vía costes se han visto obligados a potenciar sus exportaciones con políticas de devaluación interna, entrando en un círculo vicioso que puede traducirse en la caída de salarios y de poder adquisitivo, la disminución del ahorro y el aumento de la deuda y de la dependencia exterior. Dicho de otra manera, la variación de los tipos de cambio internos puede tener efectos positivos para la economía si refleja la evolución del valor de la producción real, pero puede ser fuente de graves desequilibrios si se manipula artificialmente.

En conclusión, podemos decir que los tipos de cambio internos están determinados por los tres factores mencionados (la integración económica, el valor añadido de las actividades productivas y las peculiaridades de las economías), y que pueden ser responsables de serios desajustes estructurales si se fijan de forma artificial. Sin embargo, también pueden dar lugar a grandes oportunidades si van acompañados de mercados libres y flexibles que tiendan a integrar las diferentes economías en un único mercado y así puedan alcanzar la convergencia en precios. Ésta es quizás la verdadera paradoja de los tipos de cambio internos: a diferencia de otros factores de crecimiento, los tipos internos pueden ser muy beneficiosos para economía, pero sólo en la medida en que pueden desaparecer.