Automóvil y ferrocarril, una batalla histórica

La evolución del transporte a lo largo de la historia ha provocado importantes cambios en la sociedad, la industria y el conjunto de la economía. La batalla del ferrocarril y el automóvil, un ejemplo histórico.

Tiempo atrás, el comercio dependía de animales como los caballos y las mulas de carga. Sin embargo, con el desarrollo del ferrocarril y del automóvil, todo eso cambió, permitiendo transportar mercancías por tierra con mayor rapidez.

Revolución industrial y ferrocarril son dos conceptos que están íntimamente unidos. Gracias al desarrollo del ferrocarril, se produjo una gran expansión económica e industrial. Y es que, el tren era un medio seguro que permitía transportar en condiciones fiables gran cantidad de mercancías y productos industriales. Si bien es cierto que los primeros trenes no eran muy rápidos, superaban claramente en velocidad al transporte animal.

El tren, protagonista de la revolución industrial

Con el británico Richard Trevithick creando la primera locomotora en 1804, los primeros ferrocarriles dependieron de las locomotoras de vapor para ser arrastrados por las vías férreas. Sin embargo, también en el siglo XIX se desarrollaron los primeros trenes eléctricos. Todo comenzó con Robert Davidson, que en 1837 llevó a cabo las primeras pruebas con locomotoras eléctricas. El desarrollo de los trenes eléctricos continuaría, dando lugar a los tranvías. Grandes empresas de hoy en día como Siemens, terminarían implicándose en el tranvía de Berlín.

Así, el tranvía terminó por expandirse por las grandes ciudades, convirtiéndose en el principal medio de transporte público a comienzos del siglo XX tanto en Europa como en Estados Unidos. Sin duda, el tranvía y el ferrocarril habían terminado por reemplazar definitivamente al caballo.

La irrupción de los primeros automóviles

Pero el siglo XX guardaba nuevas y revolucionarias sorpresas en lo que a medios de transporte se refiere. La posibilidad de obtener derivados del petróleo para su uso con finalidad industrial, la aparición del motor de explosión y la irrupción del neumático de caucho permitieron fabricar vehículos rápidos. En este sentido, es de justicia recordar que el primer vehículo de combustión fue creado por el alemán Karl Benz en 1885.

Con la llegada del automóvil, el transporte no estaba limitado al alcance de las vías férreas, el coche permitía una mayor libertad de movimientos. No obstante, la adopción del automóvil exigía una profunda transformación de los paisajes y de las ciudades, pues para la circulación de este medio de transporte era necesario construir carreteras de asfalto.

Un potente competidor había llegado al mundo de los medios de transporte. Compañías francesas como Panhard et Levassor y la conocida Peugeot comenzaron a producir automóviles en gran número. No olvidemos el caso de Estados Unidos, donde el automóvil desembarcó con una fuerza imparable. Prueba de ello es el caso del empresario e inventor Henry Ford, que empezó a producir en masa el modelo “Ford T” en 1908. El sistema de producción masiva ideado por Ford para la fabricación del modelo “T” supuso un antes y un después en los procesos de producción,. Aquello le permitió alcanzar espectaculares cifras de producción con un producto muy estandarizado. Así pues, se trataba de un automóvil a precios asequibles que gozó de una gran popularidad.

Mientras Ford producía automóviles al alcance de todos, el fabricante británico Rolls Royce, surgido por la alianza entre Henry Royce y Charles Rolls, llegó a convertirse en la primera compañía en producir automóviles de lujo. De este modo, en 1906, llegó al mercado su primer vehículo, el Rolls-Royce Silver Ghost.

El automóvil termina por imponerse

Progresivamente, el automóvil iría desplazando al tren como principal medio de transporte. Lentamente, entre la sociedad, se iban percibiendo las ventajas del automóvil. Así, los automóviles fueron mejorando su capacidad de carga, al tiempo que no era dejarlos estacionados en una gran estación de ferrocarril. Por su parte, la expansión del automóvil, estaba siendo decisiva en el fuerte impulso que experimentó la industria siderúrgica.

A medida que transcurría el siglo XX, el tren perdía terreno frente al automóvil. Los costes de las locomotoras de vapor y de los empleados del ferrocarril iban en aumento y los combustibles diésel terminaron por ser más económicos que el vapor. Por otra parte, el autobús logró imponerse, reemplazando al tranvía, al tiempo que, en el transporte de mercancías en distancia media, el ferrocarril resultaba ser menos competitivo.

El gran escándalo del tranvía de Estados Unidos

Precisamente en esta pugna entre los distintos medios de transporte, un acontecimiento tuvo gran importancia en Estados Unidos. Estamos hablando del llamado “gran escándalo del tranvía de Estados Unidos” (ocurrido entre 1930 y 1950). Este escándalo consistía en que las grandes empresas estadounidenses del motor adquirieron una importante cantidad de tranvías para terminar reemplazándolos por autobuses y automóviles. En otras palabras, se trataba de neutralizar a la competencia en el sector del transporte.

Ahora bien, hay una gran controversia respecto a este hecho, pues hay quienes sostienen que no se trató de una estrategia intencionada para neutralizar al tranvía, sino que simplemente el automóvil terminó por prevalecer sobre el tranvía de manera natural. En este sentido, las grandes empresas del motor argumentaban que el tranvía no alcanzaba las zonas periféricas de las ciudades y su recorrido estaba limitado por el trazado de los raíles. A todo ello hay que añadir, que el ciudadano estadounidense parecía decantarse por el transporte privado, sin dejar de lado la lentitud del tráfico que debían afrontar los tranvías y los cada vez mayores costes que debían soportar.

Más allá de la polémica en Estados Unidos, la construcción de autovías y las ventajas del transporte aéreo en las largas distancias, terminaron por relegar a una posición secundaria al ferrocarril.

El medio ambiente, un desafío de futuro

A pesar de lo acontecido en el siglo XX, las exigencias medioambientales y la creciente preocupación por la lucha contra el cambio climático parecen volver a dar un vuelco en lo que a medios de transporte se refiere. La industria del automóvil deberá abordar una profunda transformación en las próximas décadas, sustituyendo la tecnología por otra más eficiente medioambientalmente.

Mientras tanto, en las ciudades europeas, el tranvía vuelve a recuperar su protagonismo y los nuevos trenes, cada vez más veloces, se presentan como una alternativa de transporte mucho menos contaminante que el automóvil.

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