Martín de Azpilcueta

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Martín de Azpilcueta fue un conocido teólogo y canonista español, que también se dedicó al estudio de la economía y del derecho. Nació en los albores de la Edad Moderna, el 13 de diciembre de 1491, en el municipio navarro de Barásoain. Falleció con noventa y tres años, el 21 de junio de 1586.

Por su origen navarro se le conoció como Doctor navarrus Azpilcueta. Formó pare de la Escuela de Salamanca y se le reconoce como uno de los precursores de la economía Clásica.

Estudió teología en Alcalá y en Toulouse. En esta ciudad francesa se ordenó sacerdote y comenzó a ejercer como profesor de derecho canónico. Durante más de treinta años desarrolló labores académicas en Cahors, Salamanca y Coimbra. En esta última se le encargó la tarea de organizar su célebre universidad.

Fue persona de confianza de Carlos I y mantuvo ciertos desencuentros con Felipe II, quien vetó su nombramiento como Cardenal. Sin embargo, le encomendó la defensa del arzobispo de Toledo, Bartolomeo Carranza, acusado de herejía, en Roma. Asombrados por su oratoria y conocimientos, se ganó la confianza del poder papal. Por ello, actuó como consejero de los papas Pío V, Gregorio XIII y Sixto V.

Finalmente, falleció en Roma, el 21 de diciembre de 1586. Fue enterrado allí, como era su voluntad, en la iglesia de San Antonio de los Portugueses.

Un polifacético precursor de la Economía Clásica

Martín de Azpilcueta fue un autor muy polifacético. Ello se reflejó en la publicación de una importante cantidad de ensayos. En ellos, plasmó sus postulados, vinculados con la Escuela de Salamanca. Esta corriente de pensamiento, conformada por exponentes de los jesuitas, los franciscanos y los dominicos, es una de las principales precursoras de la Economía Clásica que se desarrollaría a partir del siglo XVIII.

En el siglo XVI, la Monarquía Hispánica y Portugal se habían expandido por casi todo el planeta. La conquista y anexión de nuevos territorios permitió crear una extensa red comercial entre lejanos territorios. El acceso a numerosos recursos del Nuevo Mundo, especialmente metales preciosos del Nuevo Mundo, llevó a reflexionar sobre sus efectos sobre la economía.

En este contexto, Martín de Azpilcueta analizó los conceptos de valor y precio. Con sus ideas introdujo los inicios de la teoría cuantitativa del dinero y la teoría del valor-escasez. Además, fue un acérrimo defensor del libre mercado y de la legitimidad del cobro de intereses por los préstamos.

Dinero e inflación: la teoría cuantitativa del dinero

En 1556, Martín de Azpilcueta escribió su obra Comentario resolutorio de cambios. En ella analizó cómo la llegada de los metales preciosos a la Península Ibérica presionaba los precios al alza. Explicó que los precios responden a la cantidad de dinero que se encuentra en circulación. Por tanto, a más cantidad de metales preciosos, mayor aumento de los precios. Y viceversa.

Con su llegada masiva, el stock de metales preciosos aumentó más rápido que el de resto de bienes. Por tanto, los primeros perdieron valor en relación con los segundos, lo que generó una fuerte inflación. Posteriormente, señaló que los precios también se vieron influenciados por la velocidad de circulación del dinero. Según esta teoría, la velocidad de los movimientos económicos, influye en el aumento de los precios, en un contexto de temor ante una posible situación de escasez futura.

También observó que el aumento de precios no era igual para todos los bienes o servicios del mercado. Por ejemplo, los productos de alimentación aumentaron sus precios muy rápidamente. Otros bienes lo hicieron en menor medida, como la madera o los tejidos. Lo que más lentamente crecieron fueron los salarios.

Préstamos e intereses según Martín Azpilcueta

Martín de Azpilcueta defendía la legitimidad de aplicar intereses en las operaciones de préstamo. Esta postura se derivaba de su idea de que el dinero podía ser una mercancía más con la que comerciar. Lo defendió en sendos tratados: en el ya mencionado Comentario resolutorio de cambios y en De usuris. Sin embargo, esta posición chocaba con la que la Iglesia mantenía desde siglos antes, que lo consideraba usura.

Según Azpilcueta, el precio del dinero (el interés) era fácilmente determinable si las operaciones se realizaban en un único país. Dado que el dinero era una mercancía más, su precio se fundamentaba en la ley de oferta y demanda. Sin embargo, la situación se complicaba en operaciones internacionales. Si la oferta de dinero era diferente entre dos países, su precio también lo sería. Además, era necesario contemplar otras variables, como la distancia de los intercambios, el riesgo y los costes del transporte, y las dificultades de cobro futuro.

Con estos razonamientos sentó las bases para la legitimación de los intereses, afirmando que su aplicación, dentro de unos límites, no podría considerarse como usura. Una idea, junto con la teoría cuantitativa del dinero que otros economistas recogerían y desarrollarían tiempo después.

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