Para el recuerdo queda la firma del Tratado de Roma en 1957, el gran acuerdo que supuso el génesis de lo que hoy conocemos como Unión Europea. Desde entonces, Europa ha ido avanzando en la integración económica, el camino no ha sido fácil, pero la unión económica, monetaria y política continúa adelante pese a las dificultades. Así pues, al mirar al horizonte se nos plantea una pregunta: ¿Cuáles son los desafíos económicos que deberá afrontar la Unión Europea?

El crecimiento económico es sinónimo de prosperidad y progreso, por ello, tras años de recesión, desde Europa se pretenden mantener esos niveles de crecimiento. Pese a que el PIB Europeo aumentó un 2,6% en 2017. Es por ello por lo que los estados miembros de la Unión Europea no pueden relajarse. Los efectos de la crisis aún siguen presentes en las economías del viejo continente y una reducción del crecimiento conllevaría un estancamiento económico, con el consiguiente decaimiento de la actividad y del empleo. Pero las perspectivas de crecimiento europeas se muestran esperanzadoras y Francia, una de las locomotoras de la economía europea, ha pasado de crecer al 1,2% a alcanzar un crecimiento del 2,3%.

Inflación y endeudamiento

Un objetivo macroeconómico que tampoco se debe descuidar es la estabilidad en los niveles de precios o el control de la inflación. En este sentido, la política monetaria, que reside en el Banco Central Europeo, es el instrumento que permite a Europa controlar la inflación. Pues bien, en el presente 2018 el Banco Central Europeo reducirá sus niveles de compra de deuda, dando lugar a una reducción de los estímulos a la liquidez. Con el PIB reactivado de economías como España e Italia, parece que es el momento de reducir los estímulos, aunque sin eliminarlos definitivamente. Prueba de ello es que la compra de deuda pública ha pasado de los 60.000 millones de euros mensuales hasta diciembre de 2017 a los actuales 30.000 millones de euros mensuales. Está planificado que para finales de 2018 el programa de compra de deuda pública llegue a su fin.

Ahora bien, el endeudamiento es uno de los grandes desafíos que deben afrontar los estados europeos, especialmente países como Italia, que cuentan con un nivel de deuda pública que se sitúa en el 132% del Producto Interior Bruto. Pues bien, la reducción del nivel de compra de deuda pública por parte del Banco Central Europeo puede terminar por encarecer el coste de la financiación de muchos estados europeos, lo que constituye un riesgo para aquellos países cuya deuda pública supera el 100% del PIB. Por tanto, los países más endeudados deberán estar alerta, especialmente cuando concluya el programa de estímulos implementado por el Banco Central Europeo.

No hay que olvidar el importante aumento de los precios del petróleo. La decisión de la OPEP y Rusia de reducir la producción de petróleo ha propiciado la escasez y en consecuencia un más que notable incremento de los precios. Esto afecta a numerosos países europeos, especialmente a los que mayor grado de dependencia muestran, como es el caso de España. Todo ello terminar por repercutir en el bolsillo del consumidor, que ve mermada su capacidad de compra ante el incremento de los precios o lo que es lo mismo, ante el aumento de la inflación.

Control de las cuentas públicas y una guerra comercial

Especial atención merece el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, pues los estados europeos deben estar alerta a sus finanzas públicas. La Unión Europea es muy estricta en el control del déficit público, por lo que las economías más endeudadas deberán continuar trabajando en la senda de la reducción del déficit del estado, hasta que este sea inferior al 3% del PIB, todo en aras de situarse en sintonía con los criterios de convergencia de la Unión Europea.

Y cómo no, las decisiones en materia económica de toda una potencia mundial como los Estados Unidos tienen su eco en la economía europea. La batería de medidas proteccionistas lanzada desde el gobierno estadounidense presidido por Donald Trump supone el inicio de una guerra comercial con quien tradicionalmente había sido el gran socio de la Unión Europea en el comercio internacional. Es posible que ante los aranceles impuestos por Estados Unidos, Europa responda con la misma moneda. Esto puede tener consecuencias nefastas sobre dos potencias comerciales que tradicionalmente han sido aliadas. El libre comercio permite a cada país especializarse en aquello que puede producir de manera más eficiente y acceder a bienes y servicios a un menor coste. El problema es que tanto las empresas europeas como las estadounidenses, al encarecerse el acceso a bienes extranjeros que suponían un menor coste, verán incrementados sus costes de producción y por ende, esos costes de producción se trasladarán al consumidor (bien sea estadounidense o europeo), que experimentará una reducción de su poder adquisitivo.