Las repúblicas bálticas han experimentado un fuerte desarrollo económico desde los 90 y su crecimiento los acerca a la prosperidad de Europa del Norte. Analizamos sus economías con sus debilidades y fortalezas.

El pasado 8 de enero la ONU anunciaba oficialmente que Estonia, Letonia y Lituania (en azul arriba) abandonaban el grupo de Europa del Este en la clasificación que hace esta institución para todos los países del mundo. En su lugar han pasado a formar parte de Europa del Norte junto al Reino Unido, Irlanda, Islandia, Noruega, Suecia, Dinamarca y Finlandia. La noticia ha sido bien recibida en las tres repúblicas bálticas, ya que ven en ella el reconocimiento a sus avances económicos en las últimas décadas y la culminación de un proceso que supone el alejamiento del antiguo bloque comunista y el acercamiento a las naciones escandinavas.

Para entender este proceso, es necesario recordar que su origen se remonta a principios de los años 90, con la desaparición de la Unión Soviética y la ruptura del bloque formado en torno al Pacto de Varsovia, sucesos que provocaron tanto la caída del comunismo en países ya independientes (Polonia, Hungría) como la aparición de nuevos estados (Ucrania, Bielorrusia). En el caso de los territorios bálticos orientales, tres repúblicas recuperaron su independencia: Estonia, Letonia y Lituania.

En principio estas tres economías tenían muchas más similitudes con Europa Oriental que con Escandinavia: con economías de planificación estatal, una fuerte dependencia de Rusia y un grave retraso tecnológico, su grado de desarrollo estaba muy lejos del que disfrutaba Europa del Norte, e incluso de otros países que también dejaban atrás el comunismo (Finlandia, Polonia). El proceso de transición hacia el capitalismo sería lento y difícil, pero ante todo debía decidirse si el ajuste debía ser rápido o progresivo. Los países bálticos eligieron la primera opción, mientras que la mayor parte de Europa del Este se decantaba por la segunda.

Veinte años más tarde (al menos tomando el gasto real per cápita como medida del desarrollo económico), podríamos afirmar sin duda que los ajustes rápidos se han traducido en mejores resultados. Partiendo desde niveles similares, las repúblicas bálticas han conseguido aumentar su riqueza hasta niveles muy superiores a los de otras (como Bulgaria y Rumania) cuyas economías tardaron más tiempo en abandonar el comunismo. Incluso entre los tres países en cuestión, el que ha obtenido resultados más modestos (Letonia) ha sido precisamente el más tímido a la hora de realizar reformas.

¿Cómo fue la transición hacia el capitalismo?

Este proceso de ajuste económico tuvo, sin dudas, aspectos comunes en todo el antiguo bloque soviético. En primer lugar, la transición hacia el capitalismo supuso una nueva privatización de tierras y empresas estatales, así como un marco jurídico que garantiza la propiedad privada y el establecimiento de un sistema monetario capitalista. Por otra parte, la apertura comercial y las nuevas economías de mercado obligaron a una dura reconversión de la industria, con el consiguiente aumento del desempleo. Por último, el nuevo marco regulatorio convirtió a la región en un nuevo punto de destino para la inversión extranjera.

Sin embargo, las repúblicas bálticas optaron por una transición más rápida hacia el capitalismo que pronto evidenció mejores resultados. A diferencia de sus vecinos, estos tres países flexibilizaron su regulación laboral, redujeron decididamente la administración pública y establecieron un sistema de tipos de cambios fijo. Estas medidas generaron serios problemas a corto plazo (principalmente un mayor déficit comercial, pérdida de reservas y un aumento del desempleo), que no parecían ser tan graves en los estados que preferían ajustes graduales y devaluaciones competitivas para paliarlos. Sin embargo, con el paso de los años las reformas demostraron ser esenciales para potenciar el crecimiento y mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos.

En materia fiscal, por otra parte, estos países han aplicado políticas de reducción de impuestos para fomentar la generación de riqueza por parte del sector privado. El caso más paradigmático es el de Estonia con su sistema de “impuesto plano” (flat tax): se aplica el mismo tipo de gravamen a todas las rentas, y los beneficios empresariales no tributan mientras no sean repartidos entre los accionistas (fomentando así la reinversión de éstos en las empresas). En Letonia y Lituania también se han seguido políticas similares como los tramos únicos en el impuesto sobre la renta o la supresión de los gravámenes sobre herencias. En general puede decirse que estos nuevos sistemas tributarios, con tipos bajos y de diseño sencillo, han contribuido a la creación de economías más dinámicas y atractivas para la inversión extranjera.

En cuanto a la política monetaria, es indudable que la política de tipos fijos tuvo inicialmente un coste en términos de déficit comercial, endeudamiento y pérdida de reservas, pero pronto se mostró muy eficaz para contener la inflación (mientras en sus países vecinos ocurría precisamente lo contrario). Con monedas ligadas a la cotización de otras divisas europeas, y más tarde la adopción del euro, la estabilidad monetaria ha demostrado ser uno de los pilares de su desarrollo económico.

Por otra parte, su situación geográfica en el área del Báltico les ha permitido estrechar lazos con los países escandinavos, reduciendo así la dependencia comercial con Rusia. De esta manera las repúblicas bálticas encontraron socios inmejorables, ya que se trata de países generadores de capital y dedicados a actividades de alto valor añadido, que buscaban nuevos destinos donde invertir y países que pudieran servir a la vez de mercados emergentes y de proveedores de materias primas y bienes intermedios. Desde entonces son muchas las industrias y bancos escandinavos que se han establecido en las repúblicas bálticas, y se ha iniciado un largo proceso de convergencia entre las economías de las dos regiones.

Este proceso de convergencia entre regiones es aún más significativo si lo comparamos con la evolución de otras economías de Europa del Este. De esta manera, aunque éstas contaban con un nivel de renta per cápita superior en 1995, se han visto superadas por los países bálticos y han crecido a un ritmo mucho menor. Además, las tres repúblicas han conseguido reducir en mayor medida su desventaja con respecto a la media europea y al bloque escandinavo. En términos relativos, podríamos incluso decir que sus economías son las más dinámicas ya que en 20 años han alcanzado un crecimiento acumulado per cápita del 172%, superando a Europa del Este (93%).

Es innegable que los progresos de las repúblicas bálticas también se han visto oscurecidos por otros fenómenos negativos como el aumento del desempleo y de la emigración, aunque se trata de problemas que también han afectado gravemente a otras economías del Este y por lo tanto difícilmente pueden imputarse a sus políticas concretas. También podría argumentarse que estos países deben su éxito a una cierta ventaja inicial porque ya en época soviética contaban con una industria más moderna que la de sus vecinos, pero lo cierto es que la buena parte de ella fue desmantelada en los 90 y posteriormente reconvertida, con lo cual es difícil atribuir a la URSS los logros obtenidos dos décadas después de su desaparición. Por el contrario, la experiencia de las tres repúblicas bálticas es un ejemplo de economías comunistas en transición al capitalismo confiando en la austeridad fiscal, la estabilidad monetaria y la apertura exterior. Una senda de crecimiento que ya ha dado sus primeros frutos (como demuestra su reciente inclusión en el grupo de países de Europa del Norte) pero que también continúa hoy, en su largo camino hacia la prosperidad escandinava.